La señora de Basualdo, viuda, pensionada, se dedica a la lecanomancia del modo más chapucero que yo podría imaginar porque compra aceite de maíz al por mayor en un bidón y, del mismo bidón, lo echa a un cuenco latón que ya tiene tres cuartas partes de agua.
El otro día fui para que me dijera si Roberta me estaba engañando y, cuando llegué, había olor a fritanga. Entonces pensé: «Esta vieja de mierda está agotando el material adivinatorio».
Pero, por suerte, había bastante aceite y la señora esta me señaló una silla de mimbre sin decirme una sola palabra porque estaba, sincrética, bisbiseando alguna fórmula (yo creo que inventada, debe tener unas cuantas anotadas en alguna libretita) de la que apenas llegué a escuchar: «... Yavhé... seguro en su santuario...» y después no entendí porque, me parece que empezó a chamuyar un idioma inventado: «... oirautnas...». Claramente, es «santuario» al revés, pero no pude escuchar mucho. Y después siguió con cosas que ya no tenían el menor sentido, pero que la viuda de Basualdo recitó sin tartamudear (lo que me lleva a pensar en el artificio de la memorización) y que voy a tratar de reproducir: «bimou biamoutau mangataubimou lapante laptoga ancha ancha».
No separé las palabras con ningún signo de puntuación porque desconozco si significan algo. No sé si la señora estaba enumerando cosas. No sé. La palabra «ancha», dicha dos veces, es la única que tiene significado en castellano, pero en este contexto no sé qué podría ser.
Lo más seguro: nada. Simplemente la señora me estaba tomando para la chacota: «Primero Roberta y ahora está vieja chota» fue lo que pensé ya sentado en la silla de mimbre. Y siguió con unas cuantas palabras inventadas.
Después se paró y fue a buscar el bidón a la cocina y en ese momento yo pensé que hubiera sido más práctico (y más elegante) tener unos centímetros cúbicos del líquido oleaginoso en un frasquito de vidrio. Algo más lindo que un bidón de plástico.
Cuando empezó a verter el aceite en el agua empezó a repetir una palabra en volumen creciente hasta que, prácticamente, los gritos fueron demenciales. La palabra fue: «tifón».
Totalmente disfónica, la vieja, antes de decirme si Roberta me estaba cagando, me dijo: «Ya tengo la respuesta, pero primero, mi alias es hilda punto cuarenta y ocho con números punto aceite».
Yo le dije que me diera la respuesta primero (aunque a esa altura ya me parecía una mentira todo), pero ella, Hilda, insistió en que tenía que pagarle.
Yo le dije: «No, primero la respuesta». Entonces, la viuda de Basualdo agarró el cuenco con el aceite y el agua y lo tiró contra una pared. Yo supongo que hizo eso pensando que yo me iba a asustar y que, ipso facto, iba a pagarle.
Obviamente que no me asusté una carajo y le dije: «Ahora menos te voy a pagar, vieja chanta». Y me paré. Me estaba yendo cuando vi que el cuenco tenían una palabra en griego: «φιάλη» o sea... Qué vieja estafadora.
Estaba volviendo a casa y recibí un mensaje de Roberta para vernos. Y yo pensé: «Otra que me quiere ver la cara», pero yo no tenía ninguna certeza. Estaba así por lo que había pasado unos minutos antes.
De todas maneras, cuando nos vimos con Roberta, me dijo que necesitaba un tiempo y ahí sí que no me quedaron dudas. Me volví a mi casa en un Didi y estaba sonando esa canción, «Lost on You» de LP que me aburrió la primera vez que la escuché y me sigue aburriendo.
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