Se nos está yendo de las manos (y yo no tengo hijos, pero soy adulto y
me asumo como parte responsable de esto) que los niños hagan un uso descuidado
de internet. Los juegos en línea, el boom de las apuestas virtuales y la desinformación
están conduciendo a los menores a la ludopatía, a gastar el dinero de sus
padres y a una, en fin, situación que ya encendió las alarmas, pero no estamos
sabiendo cómo actuar.
Y esto va a escalar si no hacemos algo en el corto plazo, pero que tenga
efectividad en el tiempo.
«Gané y volví a apostarlo todo: lo anterior y lo ganado» dice Alekséi
Ivánovich (reflejo de Dostoyeveski) en «El jugador» que es un libro que, a la
luz de los hechos, me parece de lectura fundamental.
Sin embargo, no es con literatura decimonónica (no solamente) que vamos
a encontrar una solución al problema de la ludopatía en los niños y al problema
de dinero que esto implica para sus padres. Distintas áreas deben trabajar de
manera coordinada para abordar este conflicto desde todas las aristas posibles
ya que no solo estamos acarreando con cuestiones de salud mental sino que
también conlleva esto un planteamiento ético.
Para empezar a resolver esto es necesario saber qué pregunta debemos
hacernos. Aunque esto sea un lugar común no deja de ser indispensable.
El otro lugar común a la hora de hablar de ludopatía infantil y
adolescente es que el problema está en la casa o, más bien, en la ausencia de
adultos en esa casa. Los motivos pueden ser varios y, algunos, atendibles: «Mi
esposo y yo trabajamos diez horas por día» puede alegar una madre. Sin embargo,
estamos parados ante un asunto de vital presencia adulta.
«"Yo también te amo".
Nunca les había dicho estas palabras a ninguno de mis hijos. No creo que
las madres de mi generación dijeran estas palabras. Pero las sentíamos.
Mientras les dábamos tirones de orejas, los amábamos más de lo que las palabras
podían expresar».
Este fragmento de «Confesiones de una apostadora» (una trama que gira en
torno a una mujer musulmana al límite de la ludopatía) de la escritora y cineasta
sudafricana Rayda Jacobs es descriptivo de la realidad de muchos hogares en los
que los padres hacen lo que pueden (lo que deben) pero hay una falta, una
carencia que los niños sienten.
«Hace una semana le tuve que sacar el celular y la computadora a Agustín
porque entré a su cuarto a las cinco de la madrugada y se había quedado dormido
con la computadora encendida. Cuando me fijé, estaba viendo si podía comprar un,
y lo voy a decir textual para que vean la demencia, “misil AS-4 KITCHEN/
Raduga Kh-22 conservado de un Blackfire C
(descartado en pruebas de simulacro en Ajtúbinsk)” y ese fue el límite. Porque
un juego para la compu, otro para la Play (porque también tiene Play Station)
puedo entenderlo, pero un misil, ¿en esta casa? No, en mi casa no. ¿Dónde vamos
a tener un misil acá? Son como doce metros y yo no tengo doce metros libre. ¿Y
quién lo va a mover cuando yo quiera pasar el trapo de piso? Además, Agustín no
es que se encariñe con las cosas. Va a tener el misil, le va a sacar fotos, las va a subir a las redes y todo eso
va a durar una semana. Después se va a aburrir y yo le voy a decir que si ya no
quiere el misil que se lo regale a alguien o que lo tire y él va a decir que es
suyo (aunque ya ni lo tenga en cuenta) y la que va a tener que limpiar el misil
con Cif desengrasante voy a ser yo. Así que, en mi casa no habrá misiles. Cuando
él tenga su casa, su plata, que tenga los misiles que quiera»
Este testimonio de una madre (como el de tantas otras y de tantos padres)
quizá sirva para que otros encuentren el valor (porque se trata muchas veces de
esto) para poner límites y, para decirlo en los términos de las apuestas: NO VA
MÁS.
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