miércoles, 22 de julio de 2026

No va más

 

Se nos está yendo de las manos (y yo no tengo hijos, pero soy adulto y me asumo como parte responsable de esto) que los niños hagan un uso descuidado de internet. Los juegos en línea, el boom de las apuestas virtuales y la desinformación están conduciendo a los menores a la ludopatía, a gastar el dinero de sus padres y a una, en fin, situación que ya encendió las alarmas, pero no estamos sabiendo cómo actuar.

Y esto va a escalar si no hacemos algo en el corto plazo, pero que tenga efectividad en el tiempo.

«Gané y volví a apostarlo todo: lo anterior y lo ganado» dice Alekséi Ivánovich (reflejo de Dostoyeveski) en «El jugador» que es un libro que, a la luz de los hechos, me parece de lectura fundamental.

Sin embargo, no es con literatura decimonónica (no solamente) que vamos a encontrar una solución al problema de la ludopatía en los niños y al problema de dinero que esto implica para sus padres. Distintas áreas deben trabajar de manera coordinada para abordar este conflicto desde todas las aristas posibles ya que no solo estamos acarreando con cuestiones de salud mental sino que también conlleva esto un planteamiento ético.

Para empezar a resolver esto es necesario saber qué pregunta debemos hacernos. Aunque esto sea un lugar común no deja de ser indispensable.

El otro lugar común a la hora de hablar de ludopatía infantil y adolescente es que el problema está en la casa o, más bien, en la ausencia de adultos en esa casa. Los motivos pueden ser varios y, algunos, atendibles: «Mi esposo y yo trabajamos diez horas por día» puede alegar una madre. Sin embargo, estamos parados ante un asunto de vital presencia adulta.

«"Yo también te amo".

 

Nunca les había dicho estas palabras a ninguno de mis hijos. No creo que las madres de mi generación dijeran estas palabras. Pero las sentíamos. Mientras les dábamos tirones de orejas, los amábamos más de lo que las palabras podían expresar».

Este fragmento de «Confesiones de una apostadora» (una trama que gira en torno a una mujer musulmana al límite de la ludopatía) de la escritora y cineasta sudafricana Rayda Jacobs es descriptivo de la realidad de muchos hogares en los que los padres hacen lo que pueden (lo que deben) pero hay una falta, una carencia que los niños sienten.

«Hace una semana le tuve que sacar el celular y la computadora a Agustín porque entré a su cuarto a las cinco de la madrugada y se había quedado dormido con la computadora encendida. Cuando me fijé, estaba viendo si podía comprar un, y lo voy a decir textual para que vean la demencia, “misil AS-4 KITCHEN/ Raduga Kh-22 conservado de un Blackfire C (descartado en pruebas de simulacro en Ajtúbinsk)” y ese fue el límite. Porque un juego para la compu, otro para la Play (porque también tiene Play Station) puedo entenderlo, pero un misil, ¿en esta casa? No, en mi casa no. ¿Dónde vamos a tener un misil acá? Son como doce metros y yo no tengo doce metros libre. ¿Y quién lo va a mover cuando yo quiera pasar el trapo de piso? Además, Agustín no es que se encariñe con las cosas. Va a tener el misil, le va a sacar  fotos, las va a subir a las redes y todo eso va a durar una semana. Después se va a aburrir y yo le voy a decir que si ya no quiere el misil que se lo regale a alguien o que lo tire y él va a decir que es suyo (aunque ya ni lo tenga en cuenta) y la que va a tener que limpiar el misil con Cif desengrasante voy a ser yo. Así que, en mi casa no habrá misiles. Cuando él tenga su casa, su plata, que tenga los misiles que quiera»

Este testimonio de una madre (como el de tantas otras y de tantos padres) quizá sirva para que otros encuentren el valor (porque se trata muchas veces de esto) para poner límites y, para decirlo en los términos de las apuestas: NO VA MÁS.

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