Conocer es un acto violento en el sentido de que agrede el equilibrio en el que estamos parados y nos obliga a tambalear hasta encontrar un nuevo equilibrio con el peso del nuevo conocimiento.
Siguiendo con este razonamiento, entonces, nada más violento que conocer a otra persona porque dos desequilibrios entran en fricción y no siempre (muy pocas veces) esas dos ruedas dentadas encajan para hacer funcionar el reloj.
Y digo que conocer es violento, también, porque aquello que conocemos de forma violenta vuelve su furia contra nosotros mismos. Cuando dejamos entrar ese conocimiento a nuestra vida, le estamos permitiendo a un organismo que nos afecte. Para bien o para mal.
Yo aprendí que conocer es violento cuando descubrí que mi exnovio es racista. Y lo que fue ruinoso para mí, fue haber perdido tiempo (no mucho, estrictamente, porque fueron dos meses) con una persona así.
Por supuesto que hubo muchas cosas de él que me atrajeron y, desde luego, conocerlo alteró mi equilibrio. Hubo, es cierto, un momento en el que reloj funcionó. Sin embargo, todo mecanismo se puede desbalancear.
¿Qué me gustó de él? Ahora, tres meses después de haberlo dejado, pienso que, en realidad, yo magnifiqué los detalles para, erróneamente, forzar un equilibrio que nunca debió existir.
Pero ahora sé (llegué a este conocimiento de una forma violenta) que no estamos obligados a conectar con alguien y que podemos esperar. Yo, lamentablemente, pensé que él era el indicado porque vi que le gustaban las películas de suspenso, el rock alternativo y era de Estudiantes de La Plata. Lo conocí por una cuenta de Estudiantes en Instagram.
Como verán, son tres cosas totalmente triviales que yo, en mi desesperación por vincularme, agrandé. Les di una dimensión inadecuada.
El hecho concreto, violento, de conocer que mi exnovio es racista se dio cuando lo llevé a conocer a mi familia. Yo estaba nerviosa, contenta, preocupada... En fin, era un racimo de nervios. Era el primer novio que llevaba a casa desde mi anterior relación (espero que Tomás esté bien en Dinamarca) y quería que todo saliera bien.
Y lo que me parece irónico es que yo estaba más preocupada por que mi padre no hiciera chistes malos de padre celoso o que mi madre no lo incomodara con preguntas y nunca imaginé que el golpe contra la realidad iba a a llegar del lado de mi ex.
Llegamos a mi casa, lo presenté, mis padres fueron muy amables y cálidos. Me acuerdo de que, cuando llegamos, en la tele estaba puesta «Happy Together» de Wong Kar-wai.
Si hay algo de lo que puedo estar orgullosa es de la apertura mental de mis padres pese a su generación. De hecho, cuando mi hermano mayor, Fede, les dijo que era gay, mis padres recibieron la noticia con toda la naturalidad del mundo. Nada de: «Ay, te vamos a apoyar en todo y contá con nosotros». Por supuesto que mis padres lo apoyan en todo y mi hermano puede contar con ellos, pero no se lo dijeron para no abrumarlo y mi hermano lo entendió.
Bueno. La cuestión es que mi mamá nos invitó a sentarnos para comer y ella fue a la cocina para sacar la comida del horno y ese día, había cocinado a un muchacho de Senegal porque en mi familia somos caníbales.
Cuando mi ex vio la pierna adobada, rellena de ciruelas y salsa agridulce de mostaza y miel empezó a gritar: «¡Hijos de puta! ¿Cómo van a comer eso?»
Me pareció una mierda el «eso». Todo el desprecio y la discriminación en una palabra de tres letras.
Y a mí me puede dar ternura que coincidamos en «Victim» de Basil Dearden, pero hay cosas con las que no negocio y el racismo es una de ellas.
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