-Antes de dictar sentencia, el juez le preguntó al acusado si tenía unas palabras para decir y el acusado le dijo: «Sí, le quiero recomendar a mi sastre para que le arregle esa toga que le queda espantosa.
Ese era Stan Kowalczyk, maquinista de del Gabilan SS-252 la tarde del 16 de julio de 1944 cuando estaba en posición offshore frente a la Península de Izu, a unas 21 millas de la Bahía de Suruga; las coordenadas registradas en ese momento: 33°30'N, 138°50'E
La Corriente de Kuroshio, ese día, era ideal para mantenerse ocultos y tranquilos. Había en el agua una bioluminiscencia que a Virgil Oakes, maquinista nacido en Tennessee, le recordó a «una noche de Navidad, cuando era apenas un niño»
-¿Ese es el mejor chiste que tienes para contar? ¿No tienen buenos chistes en Polonia?
-Si eres tan bueno, cuentanos uno tú.
-Hablando de sastres, conozco la historia de mi primo Daniel: él dejó un traje en el taller de un sastre muy recomendado para que este se lo arreglara, pero el hombre se tardaba y pasaron varios días. Cuando mi primo le fue a reclamar, le dijo: «Oiga, Dios hizo el mundo en seis días y usted no puede con un traje». Entonces, el sastre, que era un hombre viejo y sabio, le dijo: «Y ya vemos cómo marcha el mundo. Cuando yo le dé su traje, no tendrá ninguna queja».
Ese era Chester "Chet" Malone, el mejor cocinero de Boston. Podía hacer milagros con unas pocas papas latas de maíz, porotos y cebolla. A pesar de su mal humor matutino, ya por las tardes se atrevía a hacer observaciones que él pensaba agudas.
-¿Ese es tu mejor chiste? Vamos, Chet, pensé que ibas a superarme. Oye, Tex. ¿Le sigues escribiendo esa carta a tu padre?
El que estaba escribiendo una carta a su padre (cargada de errores y sentimientos) era Earl Yarbrough, un muchacho de Texas que conocía cada tornillo del submarino.
Además, Tex siempre tenía con él una armónica que su hermano le había regalado antes de morir. Y en ese instante, la inspiración epistolar había desaparecido, entonces empezó a tocar «Frenesí» y todos sonrieron porque cada uno recordó un momento feliz.
Sin embargo, Tex continuó con «Stardust» y todos, introspectivos, recordaron todo lo que podían perder si las cosas salían mal.
Los que no estaban compartiendo chistes malos y las melodías sentimentales de Tex eran Dewey Sampson, el ayudante de cocina de Chet, cuyos abuelos habían sido esclavos en Louisiana, y Frank Abbate, un italoamericano de Brooklyn. Subrepticios, estaban teniendo sexo. Terminaron cuando sonaba «The Man I Love» y ellos podían escucharla. Frank sintió la necesidad de decirle a Dewey que él no era el hombre que amaba. Dewey se encogió de hombros.
Esa tarde del 16 de julio, la calma, las risas, el sexo, todo era grato, casi bucólico a pesar del contexto metálico en el que estaban inmersos.
De a poco, la luna, completa poderosa, empezaba a tomar fuerza y esa noche, todos comprendieron que eran más que un grupo. Eran una familia.
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