martes, 2 de junio de 2026

Datán

 El ratoncito salió de abajo de la tierra, por eso le puse Datán.


Salió de abajo de su seguridad subterránea y, primero, asomó el hocico para pedir permiso. Como si quisiera, como un ladroncito bribón, darse una vuelta por la noche. Tal vez, un Hermes de los ratones lo llevaría de paseo por la ciudad.

Pero Datán vino hasta donde estaba yo. Me miró, me estudió. Saqué un poco de queso del sándwich que estaba comiendo.

Se acercó desconfiado y cauteloso. Con sus manitas tomó el queso y empezó a comer.

Supongo que en ese momento, el Hermes de los ratones, le dijo: «Mejor volvamos, no estás acostumbrado a estar acá».

Tal vez, entonces, Datán le respondió: «Me dieron muchas ganas, maestro, de verdad cómo era la vida acá arriba. Siempre me pregunté por qué los de acá arriba siempre lloran cuando alguien baja».

Quizás, por eso, el Hermes de los ratones le dijo: «Bueno. Ahora estás a tu suerte. Yo tengo que atender otros asuntos».

Entonces, supongo, Datán le dijo: «Vas a estar por ahí, lo más tranquilo, mientras yo doy vueltas por acá. Me parece bien. Creo que voy a estar bien».

Y yo le di otro pedazo de queso. Y esta vez se lo comió más rápido.

Y cuando me di cuenta ya lo tenía trepando por la botamanga izquierda de mi pantalón hasta que llegó a mi falda.

Nos miramos en silencio un largo rato. Yo no me quería mover para no asustarlo y supongo que él no se quiso mover para estudiarme de cerca.

Le di más queso y esta vez se lo comió como si me dijera: «Tardaste mucho, que no vuelva a pasar». Y lo dejé que se subiera a mi mano.

«Se terminó la comida», le dije.

En la plaza, los perros andaban con los perros y todo así. «Bueno, ya te podés ir». Todavía no se llamaba Datán. «Sé un ratoncito valiente y siempre acordate de tu impetuoso valor».

Yo quería que el ratoncito volviera a hacer su vida. ¿Por qué razón iba a estar mejor conmigo? Pero también me daba un no sé qué espantarlo. Yo quería que supiera que conmigo estaba todo bien, pero que si seguía con su paseo iba a tener más aventuras.

Pero se ganó en el bolsillo de mi buzo y se quedó ahí. «Conque así van a ser las cosas a partir de ahora».

Datán se acomodó en mi bolsillo y yo le dije que mejor era buscar una ratoncita para hacer cosas de ratones, pero no me hizo caso.

Entonce me lo traje a mi casa y fue que lo bauticé.

Lo puse en una caja de zapatos. A la caja le agregué una toalla vieja. También, en la tapa de un frasco de café, le puse agua. Una vivienda improvisada.

Al día siguiente, mientas desayunábamos (yo un café con medialunas y él unos trocitos de manzana) yo le dije: «No entiendo cómo es que no me tenés miedo.  Se supone que ustedes a nosotros nos tienen horror biológico».

Datán comía su fragmentito de manzana.

«¿Y vos sabés hacer algo, loco? ¿Sabés hacer música? ¿Sos médico? ¿Sabés algo de geometría?»

No me respondió.

Me fui a trabajar y él se quedó en su caja.

Es muy buen compañero.

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