lunes, 1 de junio de 2026

En la playa de Colón

 Qué rápida que es la mente, decía el Lucrecio. «Hasta el más tarambana puede tener una luz en el coco».


Amigo...

En la playa de Colón, esa tarde de verano, mirando unos culos prodigiosos mientras tomaba ateridas cervezas, yo pensé: «A esa la quiero despojar de ideas». Me acordé de Petrarca que dijo: «y florecer sus ojos las arenas y sosegar el viento y el torrente su voz aún balbuciente con lengua que la leche dejó apenas».

Y todo esto pasó en mi mente mientras la chica se alejaba con sus amigas. Quizás, esa misma noche, cuando yo le estuve contando a mis amigos acerca de la inefable belleza de esta mujer, ella se estuvo solazando en un decatlón de sexo.

O no. Ahora creo que pensé en eso para vituperarme en mi fracaso o... para pensar en esa mujer de la única manera en que pude pensarla: sexualmente. Pornográficamente.

Más tarde, secretamente modesto, me consolé.

Pero, ay de mí, cuando estaba depurando mis humores, pensé que otro hombre se estaba beneficiando a mi amada la del culo admirable y, sin claudicar en mi gesta, odie a ese belitre, a ese caitife que estaba viciando tan grácil belleza.

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