El turco Yildirim (que acá se hacía llamar Toribio, pero vaya uno a saber cuál era su verdadero nombre) cada vez que estaba por interrogar a alguno solía recitar alguna frase aleccionadora como «La prudencia es la base de la felicidad» y después de hacer un momento de silencio, al interrogado, a Arturo y a mí, nos decía: «Chicos, es de Sófocles. Lean un poco». O, algunas veces: «Conserva, hijo mío, la prudencia y la reflexión; que ellas no se aparten de tus ojos. Ellas serán vida para tu alma y gracia para tu cuello». Y, después de comerse un pedazo de durazno que acababa de cortar con su cuchillo, nos decía: «Muchachos, los libros no muerden. Proverbios 3:21-22».
Y después lo miraba al interrogado, con la boca rota y los pómulos destrozados porque Arturo le estuvo vilipendiando (no fue tan mala influencia Toribio) la cara a puñetazos. Lo mío nunca fue la violencia física porque no me gusta ensuciarme, pero yo hacía el trabajo de la mente: «Si no hablás, voy a traerla acá y voy a cogerme a tu hija hasta que se muera».
Toribio lo miraba y le decía: «Lo del cuello tiene que ver con que... ¿En serio tengo que explicar?» Y ahí, el interrogado decía lo que tenía que decir. Y a veces Toribio dejaba vivir al interrogado y otras veces lo liquidaba él mismo.
Bueno, con Toribio y Arturo nos dedicábamos al contrabando de cocaína u a la explotación de mujeres. Y, cuando se está en estos rubros, la competencia se pone agresiva. Siempre hay un infiltrado, una rata... Como ese chiquito (Mariano o Marcelo creo que se llamaba) que le pasaba información a Domínguez y Arturo le metió un tiro en la frente, le cortó la lengua y el turco se la mandó a Domínguez. Y después, a la hermana de este Marcelo o Mariano, la pusimos a trabajar con nosotros hasta que se suicidó.
Pero gracias al turco, yo le tomé un buen gusto a los libros. Arturo no. Él siempre fue más de la acción. El turco fue un modelo a imitar en esto de cultivar la mente y leer.
A un muchacho le dije una vez: «Si no te rendís ahora, voy a dejar que estas ratas te devoren el rostro. Harán lo que exige su instinto... Si no confesás y cambiás de parecer, esto es lo que te va a pasar».
Yo estaba citando a Orwell mientas Arturo le mostraba una caja de vidrio con dos ratas gordas y marrones.
Buen tipo, Arturo. Quedó paralítico en un tiroteo, pero nunca supimos quién le puso el plomo en la espalda. Más pobre la esposa, Gracia, que lo tiene que soportar... Y el cuñado que no me acuerdo del nombre que lo tiene que llevar al baño...
Toribio se suicidó en un techo cuando estaba acorralado por la cana. Se boleteó junto a unas sábanas que estaban colgadas. Las ideas del turco estamparon una tela blanca, cándida, inmaculada.
Yo me guardé un tiempo y después me metí de barrendero en la Municipalidad. Siempre que puedo, leo algún libro porque me gusta cultivar mi mente y mi imaginación. Le debo al turco esta fascinación.
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