Lo fui a visitar a Jorge. En realidad, quería comprar un pan casero para regalarle a Arsenio. Después, pasé por lo de Karina porque necesitaba ayuda para armar un placard. Más tarde, fui a una farmacia para comprarle losartán a mi padre.
Después de todo eso, fui a La Felicidad.
Hace un tiempo ya que me empezó a gustar Carolina, pero más allá de su simpatía y amabilidad, ella nunca demostró interés en mí. Yo podría pensar que su situación es simétrica a la mía: «Hace un tiempo ya que me empezó a gustar (...) ínterés en mí».
Me gustaría invitarla a comer mi plato fuerte (el único que se hacer, por ahora) que estuve mejorando en estos días. Pero todavía no me animé a hablarle del tema.
Sin embargo, nunca es una pérdida de tiempo ir a La Felicidad porque como bien, la gente me cae bien y me tratan bien. Carolina incluida.
Quizá por eso es que no me animo a hablarle; temo arruinar lo que tenemos.
Ya veré cómo procedo.
Por lo pronto, puedo decir que me pedí una milanesa de merluza con arroz y, típico de mí, me puse a escuchar conversaciones cercanas.
Un hombre voluminoso (en tanto masa y sonido) hablaba de lo estropeada que le quedó la cara a una famosa que se hizo varias cirugías. Otro hombre, adlátere, claque del anterior, le daba la razón.
Si yo hubiera sido apurado en ese momento, hubiese dicho que esos dos tipos representaban un estereotipo. Por suerte, nadie me apuró porque no me gustan las tipologías.
Es fabuloso cómo podemos arreglar todo con una representación simple. Lo que decía el otro día: conceptualizar.
Está en nuesta naturaleza... No. Es algo que aprendemos. Cuando nos enseñan una fábula (depurada, suavizada) en la infancia, nos están dando pautas de conducta y de razonamiento.
De grande empecé a desconfiar de las moralejas.
Pero estos dos hombres seguían hablando. Ahora de fútbol. He de decir que las musas no estaban en esa mesa. Nota: en La Felicidad no hay musas, pero hay muzzas y son una delicia.
Y yo sé que debería estar pensando en qué decirle a Carolina, pero no me voy a apurar con eso.
Los tipos estos, transpirados (tal vez por la virtud y la fatiga), después de La Felicidad, posiblemente irían cada uno a su casa y terminarían su día durmiendo muy bien a la noche.
Vamos, que estos dos no tenían ninguna pinta de domar caballos ni de tomar decisiones importantes. Prescindibles.
Yo creo que dejé de ser un poco prescindible cuando empecé a ir seguido a La Felicidad y algunas personas empezaron a contar conmigo. Oscar, por ejemplo.
Así que, además de la comida rica, me gusta ir porque... me valida.
Y seguían hablando de fútbol.
Uno era (me di cuenta porque fue el baño) rengo y, creo, bizco. Por supuesto que estas no son características morales. No creo que ese hombre merezca ser apaleado.
Quizás, en otra ocasión yo podría escribir un cuento con el título de «Encomio de dos aldeanos» inspirado en estos dos sujetos. No sé... no me seduce mucho la idea, pero no la descarto.
Bueno. No me interesa compartir mesa con esos tipos, pero no me creo mejor por eso. De hecho, ese postulado de «dime con quién andas...» me parece una pelotudez. Ay, qué maravilloso que soy. Soy un fénix perdido en la ciudad.
Después fui a llevarle los remedios a mi padre.
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