Todos los días anotaba en un cuaderno
un epitafio distinto para su lápida; nunca terminaba de convencerse.
Tenía 23 años ese día cuando fue al set de filmación por última
vez para rodar la última escena de su carrera que, con tantas
vueltas, subidas, bajadas y calambres, le daba hastío y fastidio.
Quizás pudo haber trabajado en la
tienda de discos de su padre pero...
Allí estaba ella, sentada en un sillón
púpura, en lencería de encaje, lista para accionar, sabiendo que
toda su vida era una mentira, un sinsentido total y completamente
abrumador.
Desde que había muerto su madre lo
había perdido todo... Estaba su padre, pero él no comprendía
algunas cosas. Dicho sea de paso, su padre se estaba acostando con su
mejor amiga y creía que ella no lo sabía...
Su padre no sabía muchas cosas. Por
ejemplo que su hija se pagaba los estudios filmando películas porno
de bajo presupuesto.
Su padre no sabía muchas cosas. Por
ejemplo que su hija quería morir y que la encontraran bella y
desnuda.
Harta de orgasmos fingidos sin amor,
harta de extrañar a su madre, su única amiga de verdad, harta de
todo... Incluso harta de su padre, en cierta forma.
Esa noche bailó sola en su
departamento, bailó de amor propio. Se amó de percal.
Esa noche había pastillas.
Esa noche apagó el celular.
Lo que sucedió después fue la
combustión absurda de la melancolía, el incendio de la tristeza.
Y allí en el piso, su cuaderno de
epitafios.
Cuando el padre llegó, la vio con
espuma en la boca...
La luz se había apagado.