lunes, 20 de agosto de 2018

Un escritor de café


Pidió un macchiato y la contraseña del WiFi; sacó su cuaderno de la mochila para continuar con la novela que la editorial reclamaba que terminase antes de finalizar el año. Agustina se había ido a Europa y en su casa solo quedaban los recuerdos y él había perdido todo interés en escribir.
Sin embargo, ahí estaba, en un restaurante, emulando, o tratando, la conducta típica de los escritores urbanos: escribir en un café, escribir con público. Los escritores corren con esa desventaja frente a las estrellas de rock: la recepción del público se da en diferido.
El mozo le acercó el café y, después del primer sorbo, tomó su lapicera en posición de ataque:
“Fue en ese entonces que Bárbara se dio cuenta de que había estado cegada todo el tiempo confundida todo el tiempo por las artimanias de encantador melifluo croupier tramposo de Damián.”
Tomó otro trago de café y se alejó unos centímetros de la hoja para apreciar lo que había escrito.
Lo leyó moviendo los labios. De pronto escuchó, unas mesas atrás, a una pareja discutiendo y agudizó los oídos...
Él- Vos siempre estás arruinando el momento.
Ella- Vos nunca estás pensando en lo que va a pasar.
Retomó la escritura y redactó:
“Bárbara comprendió que siempre había sido un pasatiempo para Damián, que detrás del vértigo del momento, de la adrenalina de la emoción del presente, el futuro era un agujero negro lleno de nada.”
Tomó más café y se sacó la bufanda.
Atrás, la pareja seguía discutiendo:
Ella- ¿En serio me vas a echar eso en cara? ¿Vos me estás jodiendo?
Él- ¿En serio me vas a pedir que nos comprometamos como prueba de lo que siento por vos? ¿Vos me estás jodiendo?
Vio que el café se estaba terminando y escribió:
“Bárbara aún sentía cosas por él lo amaba demasiado y descubrir que Damián no sentía lo mismo, le dolía mucho le hacía mierda.”
Llamó al mozo para pedir la cuenta, pagó y se fue.
De camino a casa borró el número de Agustina.