Pidió un macchiato y la contraseña
del WiFi; sacó su cuaderno de la mochila para continuar con la
novela que la editorial reclamaba que terminase antes de finalizar el
año. Agustina se había ido a Europa y en su casa solo quedaban los
recuerdos y él había perdido todo interés en escribir.
Sin embargo, ahí estaba, en un
restaurante, emulando, o tratando, la conducta típica de los
escritores urbanos: escribir en un café, escribir con público. Los
escritores corren con esa desventaja frente a las estrellas de rock:
la recepción del público se da en diferido.
El mozo le acercó el café y, después
del primer sorbo, tomó su lapicera en posición de ataque:
“Fue en ese entonces que Bárbara se
dio cuenta de que había estado cegada todo el tiempo confundida todo
el tiempo por las artimanias de encantador melifluo croupier tramposo
de Damián.”
Tomó otro trago de café y se alejó
unos centímetros de la hoja para apreciar lo que había escrito.
Lo leyó moviendo los labios. De pronto
escuchó, unas mesas atrás, a una pareja discutiendo y agudizó los
oídos...
Él- Vos siempre estás arruinando el
momento.
Ella- Vos nunca estás pensando en lo
que va a pasar.
Retomó la escritura y redactó:
“Bárbara comprendió que siempre
había sido un pasatiempo para Damián, que detrás del vértigo del
momento, de la adrenalina de la emoción del presente, el futuro era
un agujero negro lleno de nada.”
Tomó más café y se sacó la bufanda.
Atrás, la pareja seguía discutiendo:
Ella- ¿En serio me vas a echar eso en
cara? ¿Vos me estás jodiendo?
Él- ¿En serio me vas a pedir que nos
comprometamos como prueba de lo que siento por vos? ¿Vos me estás
jodiendo?
Vio que el café se estaba terminando y
escribió:
“Bárbara aún sentía cosas por él
lo amaba demasiado y descubrir que Damián no sentía lo mismo, le
dolía mucho le hacía mierda.”
Llamó al mozo para pedir la cuenta,
pagó y se fue.
De camino a casa borró el número de
Agustina.