Me despierto a la mañana (debe leerse como “pasada la una de la tarde") con el pene ligeramente pegado a la
ropa interior, producto de poluciones nocturnas... Trato de
recapitular.
Lo último en lo que estaba pensando,
antes de dormir, fue... ¿Mi maestra de cuarto grado? ¿La que tuvo
una parálisis facial? No quiero pensar que tuve un sueño húmedo
con esa mujer. Como sea, me levanto, voy al baño, meo, me lavo la
cara (mentira, no me lavo nada porque soy un miserable, pero las
manos sí, no tan miserable).
Lo del posible sueño erótico con mi
maestra de cuarto grado me lo reservo... Ya me imagino la charla con
mi madre, en la cocina mientras cuela fideos tirabuzón (mejores que
los codito, vamos).
-Tuve un sueño erótico con mi maestra de
cuarto grado.
-¿Sí? Contame de qué se trata
mientras termino de poner la salsa.
En fin... No puedo seguir, me da
escalofríos.
Prendo la computadora y pongo algo...
Ni bien me levanto, mi mandíbula está
tan pastosa como mi mente y mi capacidad verbal es nula, por lo
tanto, siempre almuerzo en silencio; voy a la mesa, plato servido,
como... Madre pregunta cómo están los fideos y se sucede un
desfile, una competencia de elogios: “muy ricos”, “excelentes”,
“insuperables”... Y podrían seguir. Yo me limito a decir “ricos”
y que mi deglución demuestre aprobación.
Termino de comer y: computadora.
Leo cosas por la mitad, ni bien me
levanto no me comprometo con nada... Estoy en modo... Necesito una
palabra. Persiste la idea de dormir hasta la náusea, vuelvo a la
cama. Sin embargo, empezó la violecia de los ruidos y el mundo.
Mejor pongo algo de piano... YouTube,
te amo, YouTube. Pongo “Trois Gnossiennes” de Satie y me imagino
que mi vida es una película en blanco y negro, muda. Le imprimo a
cada movimiento de mi humanidad la mayor miseria que pueda: suspiro,
resoplo, niego con la cabeza, miro para un costado mordiéndome el
labio como diciendo “Nada tiene sentido para mí”.
Busco agua, y buscar agua es ir a la
cocina e ir a la cocina es relacionarme de forma pasajera con el
resto de mi familia, relacionarme con el resto de mi familia es estar
al peligro de que me hablen y que me hablen me resulta agotador en
este momento.
Sin embargo, vuelvo sano y salvo. Y con
agua... Juego a que me purifico.
Sigue la música... Sigue la secreta
teatralización de mi desdicha.