La otra noche, en un boliche, fui a encarar a una mina y le dije: «Si yo quiero, en dos horas nos estamos haciendo de todo». En realidad: nunca me tuve ninguna fe, pero si me iba a rechazar (cosa que hizo, obvio) al menos iba a jugar la carta del soberbio.
La chica esta, hermosa ella, me dijo: «Vos sos muy escotista» y yo pensé que se refería a que le estaba mirando las tetas (sí), pero me estaba diciendo que le estaba poniendo todas las fichas a mi voluntad.
Entonces le dije: «Hay que ponerle un poco de voluntad» y le guiñé un ojo, pero creo que no llegó a ver la guiñada. De todas maneras, no creo que mi fracaso se haya debido a eso porque la mina me iba a rechazar con o sin guiño.
Así que, después de que me dijo: «Me voy con mis amigas», la miré un poco más y me compré una cerveza.
Me puse a pensar en las causas de mi descalabro y fui, con parsimonia y con tino, filoso en mi conclusión: soy un pelotudo y le di asco.
Entonces, con esta... inveterada costumbre mía de tener razón (aunque no siempre, como se ha visto) y con mis ánimos denostados y con mi cerveza terminada, me volví a mi casa.
En mi casa pensé: «El mundo es como es por pura suerte. Tengo que creer que es así porque si fue planeado, el resultado es una verga».
Así que, terminé la noche mirando una de Don Siegel y comiendo panchos.
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