viernes, 27 de marzo de 2026

Fiorella

A veces voy a comer a La Felicidad, un restaurante familiar de comidas caseras, sencillas, pero bien hechas. Cualquiera podría decir que es «comer como en casa», pero no se aplica a mí porque yo, en mi monoambiente, acumulo cajas de pizzas y bandejas de plástico porque pido todo hecho. Digamos que, en este ámbito soy un inútil. Me gusta la palabra «ámbito».

Hipotético diálogo en WhatsApp:
-¿Dónde estás? ¿Te puedo llamar?
-Bancame veinte que estoy en un ámbito.

Me gusta estar más en La Felicidad que en un ámbito, honestamente. Y me gusta que, cuando me siento mal anímicamente, La Felicidad esté a seis cuadras de mi departamento.

Las que cocinan son Antonia, que se vino de Alemania hace treinta años, y su hija Angélica que nació acá. Y las pastas son su especialidad. También hacen comidas típicas de Alemania, pero yo siempre pido ñoquis con boloñesa.

Bueno. La cuestión es que hace tres semanas, en La Felicidad, conocí a una mina hermosa que está para hacerle todo. Una locura la pendeja, 24 años. Estudia una cosa de turismo o algo por el estilo.

Cuestión que yo estaba manyando y veo que se me habían terminado las servilletas, porque yo uso muchas servilletas, y la vi a la chica esta y aproveché para sacarle alguna charla porque el buen cazador sabe aprovechar el momento y yo soy así...

Y me acerqué a la mesa de la mina:
-Perdoname la molestia. ¿No me darías dos servilletas que se me terminaron?
-Sí, no hay problema.
-¿Esos apuntes de qué carrera son?

Ahí me estaba diciendo lo que estudiaba y llegó Angélica con el plato de la chica.

Bueno. Esa fue toda la charla y no volví a verla a la chica así que no hay ninguna conquista para contar y no sé si tiene 24 años. Solamente tengo las fantasías que me hice con la mina esta y todas empiezan con nosotros dos saliendo de La Felicidad hacia destinos varios.

En una de mis fantasías con Fiorella (que ni idea cómo se llama la loca, pero un nombre tenía que ponerle) vivimos en la Patagonia y tenemos árboles de pera y manzana. Una mañana nos levantamos desnudos (ahí tengo la verga enorme yo) y vamos a buscar unas manzana para desayunar en nuestro Edén y vemos que las frutas tienen unas manchas extrañas. Entonces yo, todavía en pija, llamo al vivero donde solemos comprar semillas, sustrato y lo demás, y pregunto qué puedo usar porque en esta fantasía con Fiorella nos hacemos los hippies, pero le metemos químicos a todo.

Bueno, pero todo se empieza a desmoronar en la fantasía porque empezamos a rociar los árboles con un compuesto de benomilo, carbendazim y metil-tiofenato para matar al hongo que nos está estropeando la fruta y después nos enteramos de que Fío está embarazada y este menjunje de sustancias le termina provocando una pérdida de embarazo con la consecuencia de que ella se deprime, deja de comer, se vuelve anoréxica y muere al mes por un fallo del corazón.

Entonces, en esta fantasía que no terminó, yo vuelvo al pueblo donde nací, después de cinco años, busco La Felicidad y al llegar veo que ahora es una franquicia de helados.

Por suerte, a veces, muy pocas veces, la realidad es mejor que las fantasías porque La Felicidad está donde siempre y les está yendo bien. Angélica está esperando familia y Nahuel, el hermano, se va a casar. Me pongo contento con ellos porque son una gente de lo más buena.

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