Nigel
Hace dos meses le llevé a Nigel, el carpintero del barrio, un elástico de cama de una plaza que hacía dos años que no se usaba porque, bueno, la cama era de un primo que murió de meningitis, pero eso no es lo importante acá.
Fui hasta lo de Nigel y más o menos se desarrolló así la situación:
-Che, negro. ¿Cómo va?
-Acá, che. Estaba por cortar unos listones. ¿Vos qué onda?
-Traje un elástico en la camioneta. Estaba pensando que me podías hacer un banquito para el quincho.
-Un banquito, ¿eh? Traelo que lo miro, pero ya te digo que no te puedo garantir prioridad.
-Pero, campeón, me extraña. El tiempo que sea necesario.
-¿Qué me venís con «campeón»? No seas condescendiente.
-No te calentés, negro.
-Traeme el coso ese.
Bueno, se lo acerqué y seguimos hablando.
-Acá está, mirá.
-Tengo un colega, Jorge. Jorge Oro Pérez que te puede hacer unos detalles en metal para el banco. Para que te quede más lindo.
-No... Mirá, yo confío en tu prudencia, Nigel. Quiero un banco que sirva para sentarse y que aguante mucho peso porque tengo dos primos que son bien gordos.
-Bueno. Cuando tenga tiempo voy a trabajarlo. Llevalo para adentro.
Lo llevé para adentro y después me despedí de mi carpintero de confianza.
Bueno. Hoy, finalmente, me trajo el banco. Tiene unos refuerzos de hierro; insistió en ser él mismo en traerlo hasta el quincho. No se ha visto perro más testarudo royendo un hueso.
Esto fue hace dos horas. También estaba Ricardo, «Ricky», mi cuñado que lo vio y le dijo: «¿Vos sos carpintero?»
Nigel me miró como diciendo: «Mirá lo que pregunta el fesa este». Entonces le respondí yo a Ricardo que sí, que era el carpintero. Un gusto de mierda tiene Viviana para los hombres... El otro le pegaba, este que lo mandás a espiar y toca timbre...
Pusimos el banco y nos sentamos los tres. Una maravilla lo dejó el negro.
-¿Querés venir a comer un asado mañana?
-Tengo que ver. Tal vez juegue al fútbol y voy a estar cansado.
-Bueno, invitado estás.
-Te aviso... ¿Viene tu hermana?
Ricardo, que ya quedó claro que es corto de entendederas, abrió los ojos... Nigel lo paró como si fuera el mismo «Mariscal» Perfumo: «El amigo tiene dos hermanas, por si te olvidaste». Ricardo, que no es la primera vez que me da vergüenza ese gil, se calmó.
-Puede ser que venga, loco.
-Tal vez venga. Pero no voy a jugar al truco porque tus primos son una verga y no voy a venir a romperme la cabeza con los desatinos de esos imbéciles.
Ricardo estaba escuchando incrédulo (su cara de incrédulo y su cara de otario son casi la misma salvo algunas sutilezas que el ojo entrenado sabe detectar) porque no le cerraba que un carpintero conociera la palabra «desatino». No conoce nada de Nigel... Lo puede dejar a más de uno chato como cinco de queso.
-No te calentés, negro.
-Bueno. Vuelvo al taller y te hablo mañana.
Lo acompañé hasta la puerta; de nuevo adentro me lo crucé a Ricardo y pensé: «Qué pelotudo que sos».
Viviana está esperando familia y el tema genético me hace concha.
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