Rotunda
Me encontré una arandela de 5/16'' que estaba en el pasto de la plaza Juan B. Justo y me la traje a mi casa porque estaba nuevita y la limpié para sacarle el barro. Ahora la miro y es muy linda, pero no es linda por mirarla porque mi mirada no crea belleza. Me gustaría... La arandela es linda. Seguramente se le cayó a alguien; estaba destinada a formar parte de un mecanismo pensado en el que ella tenía un pequeño papel que cumplir, pero terminó acá.
Le puse de nombre Rotunda porque, bueno, se entiende... Y, si la historia es circular como Rotunda, entonces nos volveremos a encontrar...
Ahora estoy pensando si le pongo una cadenita y la uso colgada del cuello o si la guardo en mi cajón y la miro cada tanto. Será cada vez más espaciada la frecuencia, claro. Un día será la última vez que vea a Rotunda hasta que, después de mucho tiempo, abra mi cajón y la vea, junto a otras cosas que tengo, y la tome, la mire y piense: «¿De dónde salió esta arandela?» En ese momento será solo una arandela porque me habré olvidado de que se llamaba Rotunda como, seguramente, dentro de algunos años, me olvidaré de las caras de los que murieron y temo no reconocerlos si volvieran a la vida... En todas estas cosas pienso y Rotunda, perfecta ella, qué duda cabe, no me dice nada. Tal vez, si le pusiera esa cadenita que consideré antes, podría hacerla pendular y vacilar y describir caminos inciertos como los que me llevaron a mí a encontrarla, pero, si pudiera hablar, me diría: «No fue tan incierto». Yo sabría por qué. Sabría que tendría razón.
En fin. Este ciclo, cultivado de arrepentimientos, decisiones, abandonos, úlceras, paseos a la noche, tormentas, tangos de Troilo, tus besos, los girasoles, la palingenesia, el milagro de Art Tatum, el silencio... Todo me va a llevar a ver, una vez más, en la plaza Juan B. Justo, a Rotunda.
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