Siempre me ha interesado el arte aunque nunca asistí a una escuela de arte, pero creo que aprendí mucho por mi cuenta y, en particular, observando a algunos tipos en la calle.
Recuerdo que había un hombre añoso que era un talabartero, «Malambo» le decían. Con sus manos y unos rudimentos hacía unas boleadoras, rebenques, unas cigarreras de cuero y otras cosas. Cinturones también.
Este señor murió hace como veinte años. Lo mató un enfisema. Hasta lo último estuvo haciendo cosas.
También puedo nombrar a Marta. Marta es una señora que hace cosas con alambres, latas de gaseosa y otras cosas. Le gusta mucho hacer mobiliario en miniatura. Todo lo que es sillas, mesas y cosas por el estilo. Y suele andar por las ferias. Sí. Marta se llama.
Y yo empecé un poco por casualidad en este yeite. Justamente, en una feria fue que me compré una navaja suiza, de esas que traen varias cosas, y un día me puse a pensar que esta cosa podía servirme para crear algo, pero me faltaba el material.
El hombre de las boleadoras trabajaba con el cuero, Marta, con latas. Yo quería encontrar lo mío.
De entrada supe que yo no tenía la técnica ni la habilidad para hacer algo monumental. Es ridículo pensar que yo podía agarrar un bloque de mármol y voilà: el David. Cualquier intento de esa magnitud estaba condenado al fracaso.
Por otro lado, y sabiendo que no soy ningún genio en esto, también me hacía ruido la idea de trabajar con un material duradero. Me espantaba y me espanta lo perenne.
Las obras inmortales son aquellas que resisten el paso del tiempo, los análisis, las críticas, todo. Yo siempre supe que lo mío tenía un carácter más... momentáneo.
Un día, por estas cosas de la vida, me estaba lavando las manos y ahí tuve la idea: pequeñas esculturas hechas con jabón. Ya tenía la herramienta y ahora tenía el material. Me faltaba el oficio.
Así que, al otro día, fui mayorista de limpieza y compré como doscientos jabones en pan y empecé a practicar.
Primero empecé con algo básico que era formar un círculo, después un triángulo y después una estrella de cinco puntas. Pero hay un problema con esto: estas formas son muy comunes.
Entonces fui agarrando destreza con formas un poco más complejas como flores y frutas porque ahora estaba incorporando más curvas. Una tarde hice un racimo de uvas. Y todas estas figuras que yo hacía terminaban de regalo entre mis amigos y mi familia. Y usaban los jabones para lavar. ¿Para qué más?
Con los restos de jabón yo hacía bolas más grandes para lavar yo o bañarme.
Una noche, Sabrina y Fausto, una pareja, amigos míos, me contaron que fueron a un motel de estos para... Bueno, fueron con otro tipo y me estuvieron contando durante un rato largo lo que habían hecho. Ellos son así. Y cuando se estaban yendo, les regalé un jabón con forma de estrella.
Y ahí fue que Sabrina me tiró la idea de hacer jabones eróticos para telos. Y que ella y el novio los podían promocionar porque conocían todos los de la ciudad.
A mí no se me había ocurrido, pero me pareció una idea interesante y le dije que tenía que aprender a hacerlo bien y que me iba a llevar un tiempo. Y ellos me invitaron a hacer un trío, pero yo rechacé la propuesta.
Entonces, compré más jabones y empecé a trabajar en las formas eróticas. Claro, antes de que me digan que el erotismo es muy amplio, voy a decir que tienen razón y que yo me limité a lo genital. Empecé haciendo pijas de jabón. Algunas con prepucio y otras, sin. Después me le animé a la concha. Pero siempre con jabón en pan blanco. En ese sentido yo quería ser neutral.
Cuando ya estaba convencido de haber hecho algo decente, los llamé a Fausto y Sabrina para preguntarles si podía llevarles unas muestras y me invitaron a su casa. Había un tipo encadenado a una mesa cuando llegué. Bueno, no importa eso.
La cuestión es que les dejé unas vergas y unas conchas y Sabrina me dijo que estaban hermosas y me dijo que el tipo encadenado era el jefe de Fausto en la aseguradora donde trabajaba, pero que no había problema porque sabían separar placer de trabajo. Sin embargo, a mí no me podía importar menos.
Bueno. Así fue que empecé con GeniTelos, mi línea de jabones eróticos artesanales para telos. Cuando aumentó la demanda tuve que sacarle romanticismo al oficio para ganar en pragmatismo. Imprimí moldes con una impresora de estas 3D y me agilizó el trabajo.
Pero lo interesante es que mucha gente fue conociendo mi trabajo y me pedían cosas personalizadas: «Quiero uno con la forma de mi pija para regalarle a mi novia. Te mando una foto». Y me mandaba foto. De la pija, no de la novia. O: «Haceme uno con la forma de mi concha para regalarle a mi suegro». Y muchos pedidos así.
Una vez, una chica me dijo que le hiciera uno fálico para ella y uno con forma de auto para que el hijo se lavara las manos. Así que, hice un pene y un auto. Quiero creer que no hubo confusión.
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