jueves, 7 de mayo de 2026

Hombre grande, por favor

 Es el año 1996, tengo 21 años, hace un mes terminamos con Olivia y hace dos semanas se suicidó Brian, uno de mis amigos más queridos. No le tengo mucha fe a la vida, pero es viernes por la noche y voy al recital de Antilatas que es la banda del primo de una amiga que se llama Luna (que también es amiga de Olivia) que escribe poemas en una revista que circula en las calles. ¿Qué me está faltando? Claro: me llamo Walter. 


Bueno. En realidad, estamos en el año 2026, pero estoy recordando una noche en particular porque es la que desencadenó todo lo que pasó después para que yo, ahora, esté con un moretón en la cadera, tomando analgésicos y poniéndome hielo.


Vuelvo al año 1996 y tengo 21 años. Por supuesto que no me acuerdo de todo, pero sé que es 21 de junio. Y estoy por entrar a Los Alonsos, un piringundín bastante infame donde van a tocar los Antilatas. 


No recuerdo cómo fue el diálogo con Luna por la tarde, pero supongamos que fue así:


-¿Querés ir a ver una banda esta noche?

-No sé... ¿Qué banda?

-Antilatas. Toca mi primo.

-No sé...

-Dale. Vamos. Te va a venir bien salir un poco.

-¿Antilatas? No los tengo. ¿Qué hacen?

-Hacen covers de Black Flag, Dead Kennedys... Social Unrest... Y algunos temas de ellos.

-Puede ser.

-Dale. No te hagás rogar.

-Bueno, dale. Vamos.

-Qué bueno. Esta noche en Los Alonsos.


No recuerdo si fue así la charla con Luna aquella tarde. A lo mejor no me hice rogar. A lo mejor fue más así:


-Che. Toca la banda de mi primo esta noche. Antilatas se llama la banda. Van a tocar en Los Alonsos. ¿Querés ir?

-Sí. Estoy para esa.

-Joya. Nos vemos ahí.


No importa. Pudo haber sido cualquiera de las dos conversaciones. Y, ahora que lo pienso, no sé, en realidad, si fue Luna la que me invitó a ese recital. No sé... Ahora creo que fue Pablito (es el cumpleaños en unos días) que siempre será Pablito.


Pero definitivamente me acuerdo de la fecha y el lugar porque esa noche la conocí a Úrsula.


Vuelvo al año 2026 y tengo un moretón y todo lo que ya conté. Una mujer me está gritando desde la cocina si necesito renovar el hielo. Esa mujer se llama Úrsula. Así que, sí: conocí a la mujer de mi vida en un recital. Y ese recital no es importante. Solo importa que ahí, esa noche, la conocí a ella.


Vuelvo a la noche del recital y no necesito generar más misterio porque ya conté que... Y, aunque no me acuerdo de todo con exactitud, estoy seguro de que Úrsula me pareció hermosa. Quizá tuvimos una charla así:


-¿Cómo te llamás? Te he visto en otros recitales acá.

-Úrsula. Sí. Vengo mucho.

-Yo me llamo Walter.


Si ese fue el intercambio real quiere decir que ella no estaba interesada en saber de mí porque no preguntó mi nombre. Entonces, yo tuve que hacer algo para captar su interés, pero ahora no podría decir qué fue. 


De todos modos, no recuerdo si fue así nuestra primera conversación. Tal vez fue más:


-¡Cuidado, flaco, me vas a pisar!

-Ay, disculpame. ¿Estás bien?

-Sí, no pasa nada. ¿Me convidás un pucho?

-Sí, obvio.


Vuelvo al año 2026 y hace nueve años que Úrsula fumó su último cigarrillo. 


Regreso a la noche del recital. Esa noche faltan tres meses y cuatro días para que ella cumpla 20 años. Esa noche me da su número.


Bueno. El asunto es que nos pusimos de novios. Y después de seis años, nos casamos. 


-Mañana vas a ir al médico para que te pida tomografía, radiografía, todo. 

-Si puedo moverme, voy a ir.

-Ahora, vos también sos un pelotudo, querido.


Úrsula tiene razón. Ya van a entender.


Pero ahora los llevo al año 1992, falta poco más de un mes para que cumpla 17 años y estoy en mi casa, en la habitación que comparto con mi hermano menor. Tengo un equipito de música y puse el álbum «Extremo Sur» de No Demuestra Interés. Escucho «Cargando mi odio», subo el volumen: «Quieres ver a alguien cargar tu ignorancia, tu falsedad; lo que hoy yo soporto es de no aguantar».


Mi madre golpea la puerta de mi pieza y le digo que pase. Ella entra con algo que es para mí: un skate. Nunca tuve uno.


Lo miro. Me fijo debajo y tiene un dibujo que está bastante gastado: una espada verde, unas llamas que forman unas palabras. Creo que estuve tres horas para entender que esas llamas formaban el nombre de Tommy Guerrero.


-¡Qué buena que está!

-Es para vos y para tu hermano. La trajo el tío Víctor que anduvo por Miami. Dijo que había un tipo que estaba sacando cosas para tirar y, entre esas cosas, estaba esta patineta. Se la regaló.

-Qué loco.

-Pero la comparten o la tiro.


Vuelvo al año 2026.


-¿Vos te das cuenta, Walter?

-Bueno, che. Dejá de patearme en el piso.

-Hombre grande, por favor. Ya no tenés 20 años. 


Vuelvo al año 1992.


-Y también te trajo este video que el hombre estaba tirando. «Questionable» dice. El tema es que acá no tenemos videocasetera.


-La tía Viviana tiene. Se la podemos pedir el fin de semana.


Ah. Por si hace falta aclarar: no recuerdo si fue así el diálogo. Es más: quizá ni siquiera estaba escuchando música.


Bueno. Así nació mi romance con el skate. Me acuerdo de que el primer truco que aprendí fue el pressure flip. El que mejor me salía era el doble heelflip. Para impresionar a una chica, una vez hice un ollie impossible, pero fracasé. Quiero decir que el truco me salió bien, pero a la chica no le importó. A Olivia la conocí a fines de 1994.


Vuelvo al año 2026.


-Y no te creas que con esto vas a liberarte de ir al cumpleaños de tu hermano.

-Pero si no me quería liberar de nada.

-Te conozco, Walter.


Entre nosotros: sí, quería zafar de ir al cumpleaños de mi hermano.


Ahora vamos al año 2002 que es cuando nos casamos con Úrsula. Ella trabaja en una empresa de viajes y yo, en un salón de juegos. Y acá, la memoria no me falla porque hay siete juegos arcade: Mortal Kombat 4, The King of Fighters '96, Street Fighter II, el Mortal Kombat original, Golden Axe («el abuelo» le decían los chicos), el Metal Slug 3 y el Marvel vs Capcom 2 que tenía una musiquita muy divertida en el nivel del Carnival Stage.


Y también hay dos mesas de pool y tres metegoles.


Con Úrsula estamos viviendo en el departamento que heredó de un tío. No tenemos que alquilar, tenemos mucha suerte.


El 15 de septiembre de 2003 nació Micaela, nuestra primera hija. Este año, 2026, cumple 23 y vive en Córdoba donde también estudia. Hablamos todos los días. Ayer nos contó que va a viajar a Mendoza con Alan, el novio.


Bueno. En el año 2003, entonces, soy padre, trabajo en un salón de juegos, ahora, además, los fines de semana trabajo de mozo de eventos para el padre de Pablito y, cuando me queda un poco de tiempo, que es casi nada, ando un poco con el skate que ya está muy viejo (me lo quedé yo porque a mi hermano nunca le interesó) y fui perdiendo práctica.


Vuelvo al año 2026.


Escucho a Úrsula cantar en la cocina: «Nadie lo entenderá, seremos infinitos como el mar». No sé qué canción es. Está haciendo un flan para comer de postre en la cena. 


Pero ahora tengo que ir al 28 de diciembre de 2006 cuando nació Lisandro que hoy en día vive con nosotros, pero no estamos en el departamento heredado de Úrsula porque entramos en el PROCREAR en 2012 y pudimos hacernos una casa que no será un palacio, pero está decente. Y lo importante es que los chicos tuvieron cuartos separados.


Bueno. Año 2026.


Lisandro también es un skater. Tiene un Whiro muy lindo que se compró con unos ahorros el año pasado. 


Ayer, cuando volvía a casa, me lo encontré a Lisandro y a tres amigos en la plaza. Uno tenía una Kench para hacer BMX y Lisandro, su skate. Él estaba tomando una lata de Speed. Al que conozco de esos tres amigos es a Walter. Es obvio que pasó esto:


-Tocayo, ¿cómo va, crack?

-Eh. Acá andamos.


Y seguí caminando, pero escuché que mi hijo me reparó y me tuve que volver.


-Dame el skate, Lisandro. Te escuché.

-Dale. Ya no lo iba a usar. Mejor si lo llevás a casa.


Pero mi intención no era llevarme el skate. Yo les dije que Úrsula tuvo razón cuando me dijo que soy un pelotudo. Claro, porque quise hacer un ollie impossible para impresionar a esos mocosos de mierda, en especial a mi hijo, me salió mal, me caí y ahora estoy con un moretón en la cadera, tomando analgésicos y poniéndome hielo.






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