Lo primero que me gustó de Natalia fueron sus tetas, claro. Unos pomelos tiene la hija de mil putas...
Pasa que la vi por primera vez en un boliche y ahí yo no tenía la menor idea de que era mucho más que un par de gomas. Así que, no me la vengan a jugar con que la personalidad ni toda la perorata porque eso vino, pero después de las tetas.
Y, por supuesto: me rechazó magistralmente cuando la encaré y fue tan brillante la forma en que lo hizo que estoy orgulloso. Así vale la pena que a uno lo rechacen. Es más, me atrevo a decir que esa noche, cuando le dije que fuéramos a mi casa para «tomar algo más tranquilos», Natalia pudo sacar todo su potencial gracias a mí. Porque fue enfática y categórica en su rechazo.
Bueno. Yo me acerqué y fue así la charla.
-Hola, ¿cómo va? Me gustaría invitarte un trago. ¿Puedo?
-Bueno, dale. Un trago.
-Un placer. ¿Cómo te llamás?
-Natalia.
-Yo me llamo Mariano.
-¿Cómo?
-Mariano.
Acá le fui a comprar el negroni y se lo di. Y seguimos hablando.
-¿Este es tu trago preferido?
-Sí, ponele.
-Yo soy más de la cerveza.
-¿Qué cosa?
-No, nada. ¿Vamos a un lugar donde me puedas escuchar mejor?
-Estoy bien acá.
-Ah. Yo te decía porque parece que no me oís bien a veces.
-Todo bien. Acá estoy bien.
-¿Estás esperando a alguien?
-Sí.
Claro. Ya sé lo que están pensando: Natalia no quería saber nada conmigo y yo estaba actuando de una manera densa... para decirlo en términos fisicoquímicos. Pasa que yo, en ese momento, no me estaba dando cuenta porque ustedes tendrían que ver esas tetas.
-De última, si te aburre esperar, podemos ir a mi casa para tomar algo más tranquilos.
Y acá fue cuando ocurrió la magia:
-Siento que sos una acumulación de dióxido de carbono en mi bulbo raquídeo y no me dejás fluir la sangre al punto de que, en este momento, creo que voy a tener una isquemia de lo sofocante que sos y ya estoy sintiendo que todas mis neuronas serotoninérgicas están trabajando para disminuir la hipercapnia que me provoca que estés acá.
Creo que eyaculé un poco en ese momento. Me dejó mudo. Natalia me dejó mudo. Y ahí apareció su amiga y se fueron juntas y no la vi más.
¿La verdad? Me saco el sombrero. Una obra de arte, loco. Un doctorado en el rechazo elegante. Una altura, una clase... Creo que, durante un buen tiempo, no voy a encarar a más mujeres porque temo que los rechazos serán espantosos en comparación con esta declaración de la maestría de Dios.
Por favor, viejo... Qué rechazo más apoteósico.
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