miércoles, 13 de mayo de 2026

Lautaro y Juan

 La semana pasada, para variar, fui a comer a otro restaurante y dejé La Felicidad para otro momento. Lindo lugar esta nueva opción. Grande. Un poco ruidoso para mi gusto, pero, por lo menos, las porciones son generosas. Y yo, que llegué oscuro por la sombra solitaria, estaba hambriento.


Cerca de mi mesa, una de estas familias insoportables con hijitos regordetes e inútiles, hacían un barullo considerable. Pero nadie les decía nada porque, al parecer eran «gente de bien» y se ve que estaban dejando una tarasca importante.


Al niño de esta familia lo quise embocar de un sopapo cuando, con una vocecita de pelotudo, dijo: «Comí tanto que mejor me desprendo la camisa». No sé, pero me dieron ganas de verlo sufrir.


Y la hijita no se quedó atrás. No. Se puso a recorrer las mesas; un momento se quedó mirándome con una cara de otaria...


Después, fue hasta una pecera donde, entre otros, había un pescado amarillo y negro y la taradita esta empezó a los gritos: «Mirá, Lauti. Este pescado es amarillo y negro como un taxi». Todos los presentes nos enteramos de que el niño gaseoso se llamaba Lautaro.


Además, cuando la nena esta gritó, una señora se sobresaltó y le dijo: «Pero querida, por favor, que estamos queriendo comer en paz».


Pero, había más gente y los demás no me parecieron unos imbéciles como la familia esta. Yo espero que nunca vayan a La Felicidad. 


Fue un momento lindo cuando entró un perro de la calle y se paseó por las mesas, pero lo sacaron y me sentí mal por él. Justamente, cuando vi al perro pensé: «Si entran a robarnos que lo maten a Lauti, pero al perrito no le hagan nada». Igualmente, mejor que no entraron a robarnos.


Por cierto: muy ricos los fideos con pesto que pedí. Al final, me quedó un solo fideo, largo, en el plato y, para quedarme un rato haciendo la digestión, me puse a jugar con el fideo. Le di formas (siempre curvas, las posibilidades son limitadas) a mis garabatos de fideos... 


Un niño pidió más flan y la madre le dijo: «Juan, ya comiste mucho». Juan no me cayó mal, pero la mamá tuvo razón... Juan quería más, cuanto más tenía. Jamás se había imaginado un día como este... Qué niño tan alegre, pero nada escandaloso.


Por supuesto que soy consciente de que, tal vez, en el futuro, Lautaro sea un cardiólogo destacado y Juan termine siendo un violador y asesino, pero, en sus versiones párvulas, el niño Juan me cayó bien.


Cada vez que voy a otro lugar a comer que no es La Felicidad entiendo por qué siempre vuelvo a lo que ya es mi segunda casa. O la primera, creo.





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