La tristeza, la enfermedad... y el ego. Cuánta fragilidad, cuánta... debilidad. Yo estaba viendo un cuadro que era una gota de agua sobre la hoja de un loto, muy poético todo (muy de parafernalia oriental de bazar, en realidad) y pensé en la condición humana que es como esa gota pelotudísima que no hace nada.
Un tipo con el pelo enmarañado y otro que se rapó y quedó como un kiwi: ambos pueden ser unos hijos de puta con olor a culo y un bolso Adidas en el colectivo. Y no te van a enseñar nada de la vida aunque los dos tengan sus tristezas, sus enfermedades...
Yo ya no sé de qué disfrazarme para que existir no sea mi problema.
Pero uno arrastra siempre los hilos de los que está cosido. Uno puede deshilacharse, pero arrastra... Y el hilo de la esperanza, que es el que uno quisiera cortar de una vez por todas, es el más hijo de puta. O hilo de puta. Y se le van pegando las moscas...
No sirve nada, mono. Desgarrate las ropas, la piel, tratá de irte de vos y saltar esa muralla, más allá de toda virtud y de todo pecado y viví, o fingí vivir, como un loco... Vos sabés muy bien y la tenés muy clara... Cada cual se disfraza de lo que tiene a mano.
En fin. Qué ganas de ser inmune a la vida. Qué ganas de ser inasible. Me tengo que conformar con ser incomprendido que, dale, loco, es una mugre y es un consuelito barato.
Decí que tengo un cuerpo para usar y desquitarme. Si soy mi cárcel, entonces voy a hacerme un motín. Mi cuerpo es mi rehén.
Lo de tener un alma gloriosa y sin heridas es una promoción que no me interesa. Es más, hasta prefiero el plan básico.
Chau.
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