Qué contenta me pone que Matías haya entrado en la Academia de Chorros y Putas porque el examen de ingreso es difícil y, además, nos salió bastante caro.
El primer paso, y qué paso, ya está. Ahora, con esfuerzo y dedicación, Matías va a ser un delincuente de primera y, el día de mañana, nos va a llevar de vacaciones al padre y a mí.
Estoy orgullosa por mi hijo porque esto es lo que siempre quiso ser. Ya de chiquito le gustaba robar cosas y ahora, si se recibe en la Academia, va a tener el aval del título.
Le va a abrir muchas puertas el título porque en muchos puestos de trabajo es excluyente ser un ladrón con experiencia. Matías ya tiene mucha, pero el diploma le va a dar validación a esa experiencia.
Así que, Hugo y yo estamos muy felices por nuestro hijo y le deseamos lo mejor en este recorrido de aprendizaje y que, además, haga buenos amigos porque eso es muy importante.
Me acuerdo de una vez que Mati entró a un convento (de franciscanas o benedictinas, no importa) y se robó un cajón lleno de naranjas. ¡Hicimos cinco frascos de mermelada!
O aquella vez que (tiene estas cosas Matías) que le hizo un cuento del tío a una señora para entrar a la casa y robarle unas cucharas de plata. Fue maravilloso porque hubo industria por parte de mi hijo en esta empresa. Resulta que armó una jaula de bambú y no sé qué más y fue a la casa de la señora esta que tenía un periquito. Bueno, Matías le dijo que le había armado la caja al ave y se la quería regalar. Y la señora, chocha. Lo hizo pasar para que pusiera la jaula donde estaba al otra porque ella no daba con la altura (se ve que un nieto que vivía con ella la había instalado) y Matías se las arregló para ejercer el latrocinio. Estoy aprendiendo algunas palabras que me enseña mi hijo.
Y no sigo con más recuerdos porque me voy a emocionar y soy un asco de lo sentimental que me pongo.
Qué lástima que Hugo no está para que cuente algo porque él tiene más memoria que yo. A mí, varias cosas se me mezclan. Me olvido de pavadas como el otro día que fuimos a comer pizzas a la casa de unos amigos de toda la vida y Hugo me dijo: «Preguntale a Elsa si llevamos postre» y yo le dije que Elsa había muerto, pero la que murió, pobrecita, es Mercedes. Ni parecidos los nombres.
Qué mujer tan buena que era Mercedes. Abnegada como ninguna.
Pero, como venía diciendo, me suelo olvidar de algunas cosas. Igualmente, ahora estoy haciendo buena letra con el Dr. Marvalevich y le estoy dando importancia al complejo B12 y el Omega-3.
Un doctor excelente es Pedro. Yo lo conocí al padre que también era doctor, obstetra, y siguió mi embarazo.
Ojalá que todo salga bien para mi hijo.
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