Los Chetos
Las familias de chetos siempre tienen algún detalle
interesante y cuando digo “interesante” quiero decir que tienen algo medio
escabroso como por ejemplo: un cheto va y te adopta como amigo porque quiere
saber cómo vive y piensa un paria como vos, todo antropológico el asunto.
Entonces, después de dos semanas de ver que, más o menos te bañás día por medio
y no tenés tendencia a robar, te invita a su casa a conocer a su familia y
hasta te invita a cenar.
Por supuesto que vos también sos bastante rana y sabés
sacarle provecho a la situación porque tu nuevo amigo cheto tiene carencias
afectivas y encuentra en tirar la guita en boludeces el perfecto sucedáneo de
las caricias maternales.
Entonces, esa tarde te bañás bien y hasta le robás unas
gotas de ese perfume caro a tu padre que lo usa muy de vez de en cuando y te
ponés una chomba planchada y olvidada en
algún cajón.
El Cheto te pasa a buscar en su auto porque no vivís en
un andurrial con calles de tierra (tan lejos no llega su interés antropológico)
y te dice: “Qué pilchita clavamos, bro”. Y vos le decís (tenés que mantener esa
conducta de humildad y agradecimiento que venís impostando desde hace dos
semanas) “Jaja, gracias”.
Es el día en que vas a conocer a la familia de Cheto. Los
Chetos. Y sabés que no te importa en lo más mínimo pero tu espíritu
diplomático y negociador sabe que
estrechar este tipo de relaciones te puede traer muchos beneficios.
Entre vos y Cheto se da una relación de mutualismo, se
desarrolla entre los dos un ecosistema sano y productivo en el cual los dos
tienen ventajas.
Por supuesto que no te sorprende ver dos palmeras en la
entrada de la enorme casa del Cheto porque ya habías advertido que el Cheto
y toda su familia son bastante grasas y pusieron palmeras en la entrada de su
casa al mejor estilo Miami.
Sin embargo, cuando bajás del auto pronunciás el elogio
que ya tenías preparado: “Qué linda casa, se ve que la mantienen bien”. La otra
opción era: “Qué linda casa, se ve que la cuidan mucho” pero la descartaste
porque esa implicaba una acusación de materialismo y superficialidad y no es
cuestión de hacer acusaciones.
Entonces, Cheto te dice: “Esperá a ver mi cuarto”. Y ahí
tu cerebro proyecta dos escenarios posibles como esas computadoras futuristas
de las películas:
Escenario I: El cuarto de Cheto tiene dos lámparas de
lava, luces dicroicas LED, una SG colgada (sin cuerdas) en alguna pared, alfombra
persa…
Escenario II: el cuarto de Cheto se parece al sótano de
una pandilla de drogadictos porque tu nuevo amigo quiere “desmarcarse” de la
familia.
Después te vas a enterar de que tiene un cuarto común y
corriente y lo más transgresor que tiene es una pipa de agua.
Pero todavía no entraste a la casa. De todas formas estás
tranquilo, sos un pibe de mundo no te sorprenden estas cosas.
Los padres de Cheto, es decir: Sra. Cheta y Sr. Cheto te
reciben con exagerada amabilidad porque sos algo novedoso y exótico para ellos
pero vos advertís en esa exagerada amabilidad prejuicio y miedo de que los ates
a todos en un baño y les desvalijes la casa. Eso te hace sonreír por dentro en
lugar de indignarte. Te coloca en cierta posición de poder. Pero vos seguís con
tu conducta humilde y respetuosa.
Tienen lugar los saludos correspondientes y ahora es
cuando vas y conocés el cuarto de Cheto y su pipa de agua. Te invita a fumar y
le dan un poco.
Cuestión que te había invitado a cenar y la fumada te
abrió el apetito entonces te preocupa comer mucho y rápido porque van a pensar
que en tu casa no te dan de comer y te van a mirar con lástima. Tenés que
controlarte. Relajarte.
Al rato bajan a comer, todo está en orden y todo está
impecable. La mesa está servida, hay fuentes de ensalada, dos paneras,
servilletas de tela. Un lujo todo.
Vos te sentás en una silla muy cómoda y Cheto se sienta a
tu lado y te dice en secreto: “Ese tenedor es para el pescado y aquel es para
la ensalada”. Vos agradecés el dato mientras pensás: “Me cambió la vida esta
data, campeón”.
Entonces escuchás un ruidito que se aproxima despacio y
cada vez se hace más nítido, se parece al ruido de algún motor chico como de un
ventilador turbo y mirás.
Chetita, la hermana mayor de Cheto, viene en su silla de
ruedas motorizada controlada por una manguerita de plástico que tiene en la
boca.
Chetita no puede comer ensalada ni pescado, ella vive a
base de un compuesto de proteínas en forma de licuado que Sra. Cheta le prepara
todos los días.
Cheto te cuenta que hace dos años su hermana Chetita se
fue a una fiesta y alguien le puso GHB en el licor de melón y se le atrofió el
cerebro para todo el viaje. Ahora Chetita es como un bebé. Se babea y tiene la
mirada perdida como una retrasada.
A vos se te cierra el estómago pero hacés fuerza para
comer un poco y comentás que la comida es muy rica pero tu comentario queda
perdido porque Chetita empieza toser y a
llenarse la pera de flema.
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