Un viejo choto
Hace muchos años había ido a la playa con unos compañeros
de la escuela y por esa zona tenía una casa de verano el tío de uno de los
chicos; les estoy hablando de un viejo verga, un carácter muy choto que, me
acuerdo, en un momento empezó como a tirar máximas de vida y yo a los dieciséis
años era más respetuoso que ahora, pero me acuerdo de pensar: “Ah, pero si sos
un pelotudo”.
Y en un momento el viejo se levantó para buscar algo y se
cayó…Estaba con un short y se le asomó un testículo. Muy triste todo. Tres o
cuatro pibes, si no es que todos, menos yo, fueron a levantarlo; yo solo miré la
escena. Todo patético era.
Ahora el viejo aquel debe estar muerto porque pasaron… Y
serán unos doce años… Y ya en aquel entonces estaba bastante cerca de ser un
espárrago… Y si está vivo ahora debe tener la pera llena de baba y puré de
zapallo.
Habrán sido dos horas que compartí espacio y tiempo con
ese ser, pero todo lo que dijo me generó tanta antipatía que me pareció que
había estado ahí durante años. Es como viajar en un Costera Criolla junto a un
señor que ronca y tiene olor a pies…
Y, la verdad, un poco me alegré cuando el viejo se cayó.
Y me alegré, también, de la torpeza de mis compañeros de escuela cuando lo
estaban ayudando. No porque tuviera algo en contra de ellos sino porque… tal
vez fue a esa edad cuando empezó a darme gracia la torpeza bienintencionada. Y
aquellos pibes eran inocentes y bienintencionados…
Pero, volviendo a lo otro, me inclino más a creer que está
muerto. El hombre aquel, según recuerdo, arreglaba máquinas de escribir; creo
que no he conocido a otra persona que se haya dedicado a eso. Y supongo que
ahora es un oficio inexistente… ¿Alguien usa máquina de escribir?
También tengo que reconocer que el viejo verga ese nos
invitó a comer unos pollos a las brasas que estaban ricos, hay que decir todo.
Pero, bueno, muy pelotudo.
En un momento me miró y me dijo (seguro que tenía alguna
lección de vida preparada para darme) como para ver si me ponía en jaque: “¿Por
qué usás esa remera?” Y seguro esperaba que yo dijera: “No sé, me la compraron”
entonces el tipo podía decir: “Usás algo sin saber por qué. Tu mente no está
preparada, no sos libre” y hubiera seguido toda una diatriba kantiana según la
cual yo no tenía poder de razonamiento y, por eso, no era un ser autolegislado.
Pero, en cambio, yo le dije, no sin una sincera humildad, pero eligiendo con
cuidado mis palabras: “Uso esta remera porque mis padres me la compraron con
esfuerzo y yo valoro ese esfuerzo”. El
viejo choto me dijo: “Me parece muy bien”.
Yo no dije nada más, pero sabía que le había ganado. Unos
minutos después el viejo se cayó y sucedió lo que conté antes.
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