Conrad Belke huyó en 1853 de Alemania. Nadie sabe por qué, pero ahora está en el cuarto de máquinas del Adelaide. En veinte horas, aproximadamente, estaremos en la ensenada de Hatteras. A Belke le gusta estar en silencio.
Estamos por partir desde Fort Monroe, Hampton Roads (37°00' N, 76°18' O) y creo que no habrá problemas porque el Adelaide, vapor de pasajeros, solo tiene que llevar... pasajeros. El pequeño detalle es que estamos en medio de una guerra en el año 1861.
Me llamo Samuel Dyer y, si tengo que decirles la verdad, esta guerra me interesa muy poco. Solo, si es posible, me dará un argumento lo suficientemente sólido para escribir un relato.
He descubierto que los relatos bélicos, los relatos de barcos y otras cuestiones navales son del agrado popular. Sobre todo, entre hombres que nunca han estado en ningún barco de guerra.
De hecho, el maquinista no se llama Conrad Belke. No sé cómo se llama ni de dónde es. Es un simple maquinista, pero, para mi relato, huyó de Alemania. Además, un amigo de Belke, desde Melsungen, le ha enviado una carta y un problema que Josef Kling ideó en 1849 al que más tarde, Belke pondrá manos a la resolución.
Acabamos de partir. La orden de Ezra Mott, veterano de la marina mercante de Nueva Inglaterra, fue clara. Masculina. (Agrego este detalle para alimentar fantasías). Mott está al mando del Adelaide desde hace dos años y este sí es un dato real. No tiene mucho interés. Formó su carácter en distintas goletas de pesca. «Conocí un capitán que era el mismo Diablo» suele decir.
Afortunadamente, el viaje empezó bien. Las aguas están serenas y, como ya dije, llegaremos en unas veinte horas.
Los que me agradan son los hermanos Farrow. El menor, Ned, es fogonero. Tomó el puesto para hacer algo de dinero y llevárselo a su madre. En mi relato, Ned está huyendo de un sujeto al que le debe mucho dinero tras haber perdido una partida de póquer. Entre nosotros: el fogonero quiso hacer trampa y fue descubierto. Mi versión es mucho más interesante que la realidad.
Ned y sus tres compañeros se van turnando. También, se van llenando de hollín y carbón. Sí. Ellos son la pandilla del carbón. Es gracioso porque Ned es rubio.
Como también es rubio su hermano mayor, James. Él sí está acá por convicción. Yo estuve cuando vio a su hermano y lo miró con decepción porque se suponía que Ned debía quedarse a cuidar a su madre.
James quiere mostrarse valiente, pero es más que otra cosa un sentimental. Quiere probarse. Piensa secretamente que Mott es su modelo de hombre.
Soldado raso, James siempre está dispuesto a cumplir las órdenes del capitán. Siempre presta atención cada vez que Mott comienza a hablar del capitán que era el mismo Diablo.
En un viaje en barco de veinte horas, la insistencia de Mott en hablar de su capitán se volverá asfixiante por lo molesta. Bueno, eso será en mi relato. En realidad, Mott habla lo justo y necesario.
Hace un rato llegamos a Cabo Henry (36°55' N, 75°59' O) a quince kilómetros de Fort Monroe. Las aguas están diciendo: «No se lo vamos a hacer tan fácil».
Escuché a James que estaba cantando: «Stood around the death-bed of my poor lost Lilly Dale». Creo que voy a poner esto en mi relato. A veces, sí, la realidad es interesante.
El único que me cae bien realmente es Thomas Osel, el cocinero. Todo lo que diré sobre él es real y no lo incluiré en mi relato.
Thomas nació en Baltimore y lleva tres años en el Adelaide. Es negro, pero libre. Sus razones son personales. Yo dije que esta guerra no me importa, pero me importa Thomas porque me agrada.
No voy a mencionarlo más.
Ahora, James Farrow está cantando otra canción: «I am dying, brother dying. Soon you' ll miss me in your berth». Ahora me resulta un poco hartante. ¿Va a cantar todo el viaje? ¿Por qué no audicionó para un musical? En mi relato, el asunto de las canciones será moderado: solo una.
Estamos en un punto crucial de la travesía porque Currituck Beach (36°22' N, 75°50' O) tiene muchos bancos de arena. Cuando escriba el relato, en esta parte voy a exagerar un poco. Aunque debo reconocer que hay un poco de peligro real y tengo algo de miedo yo.
En esta parte de mi relato, sin embargo, es cuando Belke comenzará a resolver el problema de Kling.
Estamos saliendo de Currituck Beach son problemas y eso es un alivio para mí. Para todos. Lo que no es un alivio es James Farrow: «I had a dream the other night (oh Susannah, oh Susannah)»
Voy a corregirme: solo me agrada Ned.
Las aguas se están agitando más y más. Los abyectos (vicio de escritor) Diamond Shoals y veinte kilómetros de sacudones violentos. Vamos a tener que rodearlos. Mejor dicho: van. No es justo el plural porque yo no estoy haciendo nada.
Mott gritó unas órdenes. Esta vez, nadie parece prestarle atención. Ni siquiera Farrow.
Ya llevamos diecinueve horas en el Adelaide. Debo reconocer que, sin las canciones de James Farrow, hubiera sido muy aburrido.
Por supuesto que, más allá de este viaje, lo importante es que el Adelaide está llevando a valientes soldados para combatir en los fuertes Clark y Hatteras. Yo volveré en el barco y no sé qué será de ellos.
En mi relato, Belke no podrá resolver el problema de Kling.
Llegamos a Hatteras Inlet (35°11' N, 75°44' O) a cuatro kilómetros al suroeste del cabo.
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