sábado, 30 de mayo de 2026

Virginia

 Necesitaba saber si Virginia me iba a corresponder y pasé tres noches sin dormir y pensando en todos los escenarios (o los muchos que mi mente fatalista, optimista, realista, caótica pudo crear) posibles y que no podría representar con los signos que tengo a mano.


Me sentí clarividente de todo (incluso de mi propia muerte que es deshacerlo todo) menos de lo que tenía que ver con Virginia. La cuarta noche pude dormir un poco, pero un malestar de la digestión me despertó y me detesté. 


Pensé, media hora después, de nuevo en mi cama, que lo mejor era olvidarme de todo. Me reí. Ridículo yo que pensé, por un momento, que olvidarme de todo dependía de mí. Claro que un golpe en mi cabeza podía solucionar mi problema, pero es que yo no quería ni quiero un golpe en mi cabeza.


Pensé que debía ir y enfrentar mi derrota: hablarle, decirle lo que me pasaba y aceptar su rechazo. Vi mil y un veces ese rechazo en mi mente. A veces dulce, a veces cruel. Siempre un rechazo.


La quinta noche, ansioso, salí a caminar. «Están robando mucho en la zona» había escuchado por la tarde cuando fui a comprar un yogur (que permanecía intacto en mi heladera), pero no me importó y a la calle me largué.


¿Qué señal me podía enviar el Universo para que yo pudiera comprender de una vez cuál era mi suerte? Qué sencillo (y desastroso y aliviador) hubiera sido cruzarme con Virginia en una esquina y que me dijera: «Qué curioso encontrarte por acá. Estoy buscando una farmacia de turno y no me interesás para nada».


Entonces, yo le hubiera indicado dónde habría una farmacia de turno y le hubiera dicho: «Perfecto. Voy a mi casa a dormir».


Pero no pasó nada de eso. Y afligí mi torpeza de salir sin un buen abrigo porque mi ansiedad no me cubría del frío. Sin embargo, seguí caminando y llegué a la plaza de mi barrio. 


Alfio, el mendigo que yo conozco de hace unos años, estaba despierto y me saludó con la mano. Nos saludamos en silencio para no despertar a los otros que estaban durmiendo ahí. 


Y se me ocurrió una medida extrema: caminé hasta el centro de la plaza, donde una fuente inactiva desde hace mucho tiempo, ocupaba una circunferencia importante, me metí adentro y me acosté.


«Esta noche voy a dormir acá y sea lo que sea que sueñe será la respuesta que necesito. Mañana sabré si Virginia me corresponde o no». 


Durante la primera hora di muchas vueltas porque no es cómodo dormir en una fuente. Finalmente, logré acomodarme y me dispuse a dormir. Cerré mis ojos.


Virginia no tardó en aparecer. No sé por qué, pero me habló en otro idioma. Creo que era japonés. De cualquier manera, creo que me rechazó. Tal vez, en inglés (por no decir que en castellano) hubiera entendido algo.«You are a waste of oxygen, and the world would be better off without you» podría haberme dicho. Pero me hablo en, insisto, creo, japonés. 


Pero yo no estaba durmiendo todavía así que, no estaba soñando y esa no podía ser la respuesta. Y Virginia se fue y pensé en otras cosas: el motor de la heladera que estaba fallando, el yogur que compré y nunca abrí, en que tenía que comprar un par de toallas...


Volvió Virginia y me dijo en un perfecto castellano: «Te amo» y tuve la tentación de salir de la fuente, ir a mi casa y llamarla, pero todavía no estaba durmiendo y esa no era la respuesta.


Entonces, me dormí. Recuerdo muy poco, pero soñé con un gato y ese gato entraba a una iglesia donde estaban dando una misa. En esa misa, un orador que tenía voz de caverna recitó, de Proverbios 26:5, como si el mensaje fuera para mí (y lo fue) «Responde al necio como merece su necedad».


Entonces, el gato saltó sobre mí y me dijo: «No te va a dar bola en tu puta vida, loco».


Cuando me desperté, la campana de la capilla de la otra cuadra estaba llamando a misa.


Todo sucio, volví a mi casa y me tomé tres pastillas de Paracetamol. Después me bañé y puse el Magnificat de Bach (en homenaje al gato que me solucionó el problema) y me hice un yogur con cereales.





No hay comentarios:

Publicar un comentario