Cómo me voy a olvidar de esa vuelta que nos disfrazamos de confites para una fiesta de disfraces (de qué iba a ser si no) y cayeron tres tipos con cinco gramos de milonga y uno dijo: «Nunca en el campo de los confites humanos, tantos debieron tanto a tan poco» y otro le dijo: «Tan educado vas a ser. Tomate un pase, puto».
Y la pasamos re bien. Yo fui de confite rojo y había una mina que también era confite rojo y nos la pasamos hablando de música, de libros y también de películas.
Y en un punto, la mina esta, Daniela Casanostra, me dijo que fuésemos a una terraza a fumar y la acompañé.
-Menos ruido acá y está linda la noche. -Le dije-. ¿Fuego tenés?
-Sí. Mirá cómo se van apagando las luces en las casas. En los edificios.
-Y nosotros de fiesta.
-Las luces se apagan, algunos susurros que, también ellos, se apagan pronto, y la ciudad recupera su calma habitual de la noche bajo el encanto de la bella luna que sigue sonriendo.
-Ah, era re poeta la mina.
-Mi abuela que era, bueno, católica y francesa, me leía cosas cuando era chica. Cuando era chica yo.
-Y sí. Qué bueno.
-En realidad te mentí porque mi abuela era de Canadá, pero habla en francés.
-Qué elegancia la de...
-Canadancia.
Y nos reímos un poco los dos. Y yo le pregunté si era católica y me dijo: «No sé vos, pero yo elegí muy bien mi color». Y ahí no tuve que preguntar más.
-Así que te leía tu abuela.
-Sí. Aprendió castellano acá. Y a veces me leía cosas en francés y me las traducía.
-Qué nivel.
-Sí. Yo voy adentro que ya vienen unas amigas.
Y eso fue todo porque después no me volvió a hablar. A lo mejor buscó uno con cara medio accesible para sacarle charla y no aburrirse mientras esperaba a sus amigas.
Y está bien. Qué sé yo.
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