viernes, 17 de abril de 2026

Jorge

 Salí de La Felicidad donde comí una milanesa con una mixta y, de paso, le dije a Nahuel que tengo un ventilador para que me arregle. Me dijo que se lo lleve mañana.

 

Entonces me acordé de que era el cumpleaños de Jorge, el panadero del barrio de mi infancia. Setenta y nueve años. Caminé rumbo a la casa de mis padres no sin antes pasar por la farmacia para comprar paracetamol porque me gusta anticiparme.

 

Cuando llegué a la casa de mis padres vi que también estaba Karina, mi hermana mayor, y dos tipos que tomaban mucha agua y parecían estar más duros que pan con glicerina. Eran abogados: Carlos Katz y Miguel Whymper. Con esos apellidos, pensé, estaban cobrando solo por respirar ahí.

 

-Hola... ¿Y qué onda acá?

-Tu padre y yo nos vamos a divorciar y vamos a vender la casa.

-Es una decisión tomada y acá están nuestros abogados.

-Yo no sabía nada. También vine a visitarlos y me enteré acá.

-¿Y vos a qué viniste que nunca aparecés por acá?

-Porque después iba a pasar por lo de Jorge para saludarlo. Es su cumpleaños.

-Solamente vos te acordás de eso.

-¿Vos llegaste hace mucho?

-Una hora y algo.

 

Los abogados nos escuchaban hablar y se los notaba incómodos. Yo digo que parecían faloperos, aunque tal vez solo eran así. No sé. Tengo prejuicios con los abogados. Por otro lado, un tercero podría decir que un drogadicto sabe reconocer a otro.

 

-No sabía que estaban mal las cosas entre ustedes.

-Y no es asunto tuyo.

-¿Vos sabías algo? Seguro que sí si siempre fuiste muy confidente.

-No te vengas a hacer el irónico que ya sos grande.

-Fui bien lineal.

 

Cuando dije eso me fijé en las fosas nasales de los letrados para ver si había un espasmo, algo, pero no vi nada.

Lo que sí, era evidente que tenían las camisas muy almidonadas. También me pregunté si se podía tomar cocaína con almidón, pero no quería perder el foco del tema.

 

-¿Y ya tienen algo para cada uno?

-Mientras la casa esté en venta, tu padre va a dormir donde era tu cuarto y yo me quedo en el mío.

-Acá los muchachos están representando a las dos partes para que todo sea legal.

-¿Pero era necesario llegar a esto? ¿Qué opinás vos?

-Yo estoy tan sorprendida como vos.

-No parece. Voy a lo de Jorge.

 

Saludé a los abogados y salí. De camino a la panadería pensé que debían tener más años que yo, pero después me di cuenta del envejecimiento inherente a ser un garca y merquero. Es decir: a ser abogado. Katz y Whymper... ¿De dónde los habían sacado? Uno tenía bigote.

 

Teresa, la esposa de Jorge, estaba en su silla de ruedas (diabetes) en la vereda.

 

-Hola, Teresa. ¿Cómo está?

-Pibe. Qué alegría verte.

-Teresa. ¿Cuánto llevan de casados usted y Jorge?

-Qué pregunta rara che. Y este año van a ser cincuenta y cinco años.

-Es mucho. ¿Y nunca quisieron separarse o divorciarse?

-No. Nunca. Pelear, peleamos muchas veces porque el otro no quiere entender que yo tengo razón, pero después resolvemos todo.

-Mis padres se van a divorciar.

-Dios me libre y me guarde.

-Dios está en otra. ¿Jorge está? Vine a saludarlo.

-Pasa que está en el fondo.

 

Entré y caminé por un pasillo largo. En una pared había una foto de Gardel y otra donde se veía una cesta de mimbre con panes.

-Feliz cumpleaños.

-Pibe. Pasá que estoy preparando unos panes para hacer una venta. Agarrate una galleta si querés.

-No. Gracias. No tengo hambre.

-¿Son de los panes que te compro yo?

-Sí. De esos. Pasame esos precintos.

-¿Estos?

-¿Qué otros van a ser?

-Te ponés más viejo y más cascarrabias.

-No preguntes pelotudeces vos.

-No te enojes con tu cliente preferido.

-Déjame trabajar tranquilo.

-Bueno, solo vine a saludarte. Ya me voy.

-¿No vas a comprar?

-No. Hoy no. Pero vengo en la semana.

Saludé a Teresa cuando salí y caminé a mi casa.

 

Yo me sentía rancio y también hinchado de tanta estupidez y solamente quería acostarme para escuchar Fugazi mirando el techo.

 

Caminé y pensé que de existir un medidor de envejecimiento yo lo rompí ese día (todo esto fue hace tres días). Un método invasivo debía ser. Cinco perforaciones craneales, extraer un jugo de mi cerebro... Algo monstruoso...

 

«Vamos a medir el envejecimiento de este tipo, pero tratemos de no dejarlo molido. Tratemos. Claramente, el agregado de químicos en su cuerpo es un acelerante como podrán notar». Me imaginaba eso y saqué un cigarrillo.

 

«Como podrán notar, el tipo este ya es un precipitado insoluble. ¿Se dan cuenta de lo que digo? Ah, che, reservé una cancha para mañana. Vamos y después tomamos unas birras por ahí. Y el sábado es el cumpleaños de Yamila. Yo voy a ir porque seguro que va la amiga de ella que está más buena que mojar el pan en la salsa. Pero volviendo al muchacho este, antes de que se despierte vean esa cara de que se está... ¿Cómo decirlo? Retrogradando a la más enmohecida de las angustias». Me imaginaba eso y tiré el cigarrillo.

 

Pasé por lo de Don Alejo que estaba escuchando Los Fronterizos: «Quiero hundirme en esos ríos turbios donde el barro huele a temporal».

 

Llegué a mi departamento y terminé aceptando que Jorge tenía razón y que tendría que haberle comprado cuando lo fui a visitar. Quedaba un poco en el plato.




No hay comentarios:

Publicar un comentario