-Paula, trajeron un gato y lo dejaron en la guardia. Fijate.
Eso fue todo lo que me dijo mi compañera, Alfonsina, y fui a ver al gato. Flaquito, se veía que le faltaba peso, y estaba convulsionando. A lo lejos se escuchaban los motores de unas avionetas, pero yo estaba segura de que este gato no temblaba de miedo.
Estaban fumigando en los campos y el michi quedó expuesto a la deltametrina. Lo trajeron hiperexcitado y atáxico. Y, como dije, convulsionaba.
También estaba mojado y tenía olor a jabón en pan porque lo habían lavado para que el efecto no fuera tan fuerte. Pobrecito.
-¡Alfon, ayudame acá! ¡Rápido!
-¿Qué necesitás?
-Ya traeme una vía de metocarbamol y solución fisiológica. También para suero.
-¿Algo más? ¿Atropina? Decime.
-Ni se te ocurra ponerle Atropina.
-Bueno. Ya vengo.
Era la mañana del 23 de diciembre de 2012 y ya me estaba preparando mentalmente para pasar una Navidad triste. Lejos de mi familia y, encima, ahora esto: el gatito se podía morir. Le mandé a mi novio: «¿Podés venir en estos días?»
Me sequé unas lágrimas que se me escaparon y fui a quedarme con el gato para ver cómo evolucionaba. Ahora estaba más relajado. Lo observé y le dije: «Ya va a pasar, corazón» y le puse de nombre Sacha porque, así, si moría, por lo menos iba a tener un nombre. Pero también le puse Sacha porque significa «defensor de la humanidad» y el defensor de la humanidad no podía morir.
Así que, me quedé con Sacha y lo estuve controlando. «Te vas a recuperar y vas a crecer grande como un puma. Vas a ver».
Pero, claro, estaban hablando mis ganas de que todo saliera bien. Yo sabía, en realidad, que Sacha podía morir y sabía que, de ser así, yo misma, con el alma moribunda de tristeza, lo iba a enterrar debajo de un árbol que conozco.
Sacha se durmió, su respiración era tranquila. Sin embargo, yo seguía preocupada. Entró Alfonsina.
-¿Querés ir a tu casa?
-No. Andá vos si querés. En un rato viene Belén. Andá tranquila.
-Llamame cualquier cosa.
Mi novio no me había contestado. Seguramente estaba con mil cosas, no me gusta ser molesta. No me gusta que lo sean conmigo. Me puse a ver una receta para hacer algo con unos morrones qué tenía y se me iban a poner viejos si no los usaba.
La última vez que tuve un gato había sido gata. Chakay. Era mimosa conmigo y arisca con los demás. «A ver si vos te portás bien», le dije a Sacha. Y ahí mismo decidí que Sacha iba a ser mío. Y que iba a hacer morrones rellenos con arroz y aún. Y le dije a Sacha: «Cuando vengas a casa vas a comer atún».
«También les puedo poner albahaca», pensé. «Lo voy a llamar a Enzo», pensé. Pero no lo llamé.
Sacha se empezó a despertar a las horas cuando yo me caía del sueño. Ahora estaba mucho mejor el petiso y se lo veía hermoso. Estaba con ganas de irse al trote de ahí, pero igual tenía que seguir en observación. Le pedí a Belén que me cubriera un poco porque necesitaba acostarme, pero no me quería volver. Así que, le pedí a ella que las llaves de su camioneta para dormir adentro.
-Y fijate que dejé anotado el tema de los medicamentos.
-Andá tranquila, Pauli.
Me fui un rato a la camioneta de Belén, pero no me pude dormir y le mandé un mensaje para pedirle dar unas vueltas. «Sí, pero no tengo mucha nafta». No me fui muy lejos. Un poco más allá, el campo. Afuera. Grande. Seguro que Sacha prefería eso y yo que me lo quería quedar.
Lo iba a dejar dormir conmigo y subirse a la mesa. Lo iba tener como un rey. Le iba a comprar cosas para jugar aunque me las rechazara y eligiera una caja.
Al otro día, Sacha estaba recuperado. Lo alcé como un bebé y me lo llevé a mi auto para venirnos a casa. Mi casa tiene un ventanal enorme y ya me lo imaginaba a él mirando y esperando que yo volviera de trabajar para recibirme con amor. Qué tonta. Seguro iba a andar por ahí haciendo travesuras. Seguro iba a andar jugando en su trinchera de cajas o persiguiendo grillos. Qué asco el verano. Y Enzo... No sé qué será de su vida. Desde principios de 2013 que no sé ni me interesa. Me da lo mismo.
Hoy Sacha está muy viejito. ¡Dieciséis años! Ya no anda por todos lados como antes que se metía en cualquier hueco como un minero.
De noche, antes de dormirme, pienso en sus ojitos que son mi cielo estrellado.
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