martes, 28 de abril de 2026

Destrucción total

 Ayer estaba yendo a La Felicidad y vi un panfleto tirado en la calle, lo junté. Tenía un dibujo raro y decía algo del fin del mundo y, más abajo, tenía un número de teléfono. Muy de secta todo. Por supuesto. 


Al papel lo tiré en la calle nomás. Seguí caminando, me faltaban dos cuadras para llegar a La Felicidad, y escuché a un tipo que, al decir de Miguel (uno a los amigos los llama por el nombre), frisaba los 50 años y estaba parado en un umbral hablando con una mina. 


El tipo este dijo algo como «son todos unos (...) hijos de puta». Justo había pasado uno en moto y el ruido me tapó una parte de la puteada. Sin embargo, lo que me llamó la atención fue la inflexión de la voz y la cadencia en esa puteada. Y me di cuenta de algo: aquel hombre estaba hablando en un registro que le era ajeno, casi extraño. No estaba acostumbrado a insultar así y parecía, incluso, que estaba descubriendo las palabras a medida que las decía. Entonces, lejos de imprimirle a su puteada la indignación que, seguramente, tenía, sonó más a un niño que acababa de encontrar la palabra «culo» en un diccionario. Pero era un adulto. Ridículo.


Pero ya estaba a setenta metros de La Felicidad y me puse a pensar en este asunto del fin del mundo y miré para arriba. Parcialmente nublado. Esperé unos segundos algún meteorito de treinta kilómetros de diámetro. Algo. Nada. Me sentí un poco estafado. 


Hace rato que vienen anunciando el fin del mundo (con fechas y todo) y no pasa nada, viejo. Nada que ver, pero frente a La Felicidad, el maple de treinta huevos está a $4700 y se los tienen que encargar a Guillermo (o «Willy, como le dicen) y Rebecca.


Pero yo estaba a veinte metros de La Felicidad y volví a pensar en el fin del mundo. Y me acordé del panfleto sectario. ¿Cuál era el plan? ¿La pelotudez esa de ir a un nuevo planeta? ¿Ir a una isla tipo las Marshall y empezar una nueva civilización? Bueno, no. El plan siempre es sacarle plata a la gente. Lo sé.


Entré a La Felicidad y la saludé a Antonia que estaba con buena cara a pesar de todo. Y me busqué una mesa. 


Voy muy seguido a La Felicidad y algunas mesas me gustan más que otras, pero nunca me interesó tener «mi mesa». Nunca busqué una... Hace un tiempo aprendí esta palabra: topofilia.


Me senté y esperé a ser atendido. Se acercó Carolina y me dijo que estaba saliendo mucho la porción de pastel de carne. Le pedí una.


A mí me gustaría que La Felicidad se salvara si se terminase el mundo. 


No todos se lo toman igual. Muchísimos entran en pánico y tal, pero otros nos lo tomamos con más tranquilidad. Esa tranquilidad que tengo yo solo puede afirmarse en esta idea que es, para los que estén atentos y para que no me digan que soy un chorro, una reversión de Cioran: se puede soportar el fin del mundo con la condición de que esa destrucción sea total. 


Esto me contradice porque dije que La Felicidad debería salvarse. Sin embargo, mis esperanzas están puestas en que el fin del mundo me aniquile a mí. Sobre todo porque no tengo guita como para ir a otro planeta o ir a una isla. Y no me interesa. 


Pero no todos se lo toman mal. Para muchos, el fin del mundo está muy relacionado con la nueva venida de Cristo que no sé para qué vendría si acá la metieron clavos... Pero dicen que va a venir. 


Los que son muy creyentes, cristianos, son, justamente Guillermo y Rebecca. Los que venden huevos. Ella canta en el coro de la iglesia.


Carolina me trajo mi porción de pastel de carne y una Fanta que le pedí. Nahuel se acercó a mi mesa y me dijo que ya tenía listo mi ventilador.


Cuando estaba tomando el último vaso de gaseosa, lo vi entrar a Oscar y ahí pensé: «A Oscar es a quien le compraría huevos». Y pensé en sus gallinas: Morocha, Yanacha y Eué. Y lo fui a saludar y, un poco seco, me dijo: «Hola, pibe».


Supuse que estaba mal por algo y me atreví a preguntarle si estaba todo bien. «El perro de porquería ese marrón que anda suelto la mató a la Morocha».


Ahí se me hizo un nudo en la garganta porque el mundo de Oscar se estaba destruyendo de a poco. La peor forma de destrucción.

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