-¿Qué estás haciendo John? Son las tres de la madrugada. ¿Puedes ser normal por una vez en tu vida?
Seguramente han escuchado ese parlamento muchas veces en el cine. Quiero decir: no literalmente ese, sino muchos parecidos porque la escena del hombre que a las tres de la madrugada está despierto haciendo algo inusual o que es molesto para otras personas es algo que hemos visto mucho.
Una obsesión, un pasatiempo, la ansiedad, etcétera. Son muchas las causas por las que un hombre podría estar despierto a las tres de la madrugada, pero no todas tienen que implicar algo enfermo.
¿Qué podría responder John? Voy a suponer una situación. Podría ser así:
-¿Qué estás haciendo John? Son las tres de la madrugada. ¿Puedes ser normal por una vez en tu vida?
-Dios santo...
-¿Qué te pasa ahora?
-¿De veras quieres que te diga lo que me pasa? ¿Me estás hablando en serio, Naomi?
-Es lo que te estoy pidiendo, John. ¡Quiero entender qué demonios te pasa! Soy tu esposa. Puedes contar conmigo.
-«¿Puedes ser normal una vez en tu vida?» Me dolieron esas palabras.
-Yo... Mierda. Lo siento, John. No quise... ¿Qué es lo que te tiene en esta situación?
-El modelo a escala 1/48 Lobaugh de la Union Pacific Challenger 4-6-6-4 que pedí para armar trajo discos Scullin y debería haber traído discos Boxpok. Eso es lo que me pasa, Naomi. ¿Vas a decir algo ahora?
-Quiero el divorcio y me llevo a los niños. Voy a pedir la custodia total. ¡Estás enfermo!
Bueno. Esa podría haber sido una situación. Como pudieron ver, John no estaba despierto viendo porno de enanas transexuales. Simplemente estaba armando una locomotora a escala y su malestar era porque pidió una cosa y le llevaron otra.
Pero a veces, el trasfondo de estás situaciones está teñido de dolor y sufrimiento.
Todos conocemos esta otra situación:
-Y también va Marcelo.
-¿Qué Marcelo?
-Agachate y conocelo.
Nos ha pasado más de una vez. Hemos caído. Ya sea porque estábamos distraídos o porque veníamos pensando en algo más y nuestro cerebro bajó las defensas. Y también hemos visto caer a otros y nos hemos reído. Y, también debemos admitirlo, también hemos hecho el chiste nosotros.
Sin embargo, quizá nunca sepamos su origen. ¿A quién se le ocurrió? ¿En qué momento?
Volvamos a la situación de John y la locomotora y pensemos que esa es su obsesión. Eso es lo que le quita el sueño. Ahora pensemos un momento en el instante posterior al nacimiento del chiste de Marcelo y pensemos en la primera persona que cayó.
¿Qué sintió esa persona? ¿Se habrá obsesionado de tal manera con una venganza similar? ¿Habrá pasado noches enteras, en detrimento de su salud y de sus relaciones, mirando una plancha de telgopor con diferentes papeles de colores clavados con alfileres y unidos con hilos rojos siguiendo un sistema que solo esa persona podía entender (hasta cierto punto) planificando noche tras noche la situación ideal para vengarse?
Pero también pensemos la persona que hizo el chiste. ¿Y si antes de eso era una persona común y corriente y el chiste le dio un impulso de popularidad entre sus amigos y luego entre más personas?
-Aquel es el que inventó el chiste de Marcelo.
-No lo habría imaginado. Increíble.
-Sí. Por las dudas, es analista de sistemas por si necesitás uno.
-¿En serio? Bueno... Lo tendré en cuenta.
Pero quizás el inventor del chiste de Marcelo quería abrirse camino de otra manera y, cuando podía, contaba chistes que había leído en sus revistas Selecciones. Entonces, decía cosas como: «Y fui a Estados Unidos a ver la muerte del capitalismo y qué hermosa manera de morir», pero no hacía reír a nadie.
Entonces se dio cuenta de que lo habían encasillado en el chiste de Marcelo y, lo que es peor, a él ya no le daba gracia. Para colmo, todo el mundo lo estaba haciendo y hasta empezaron a surgir chistes similares:
-Después tiene que llamar José.
-¿Qué José?
-El que te la puso y se fue.
Entonces, el inventor del chiste de Marcelo, se obsesionó con inventar un nuevo chiste y las noches fueron para él horas llenas de frustración y las mañanas fueron para él horas llenas de malhumor.
Hasta que un día, por su bajo desempeño, lo echaron de su trabajo y, derrotado, empezó a beber licores baratos.
Una noche, sentado en un banco de plaza, quizás escuchó que alguien le hizo el chiste de Marcelo a otra persona y empezó a reír. Primero con timidez, pero luego dejó escapar una carcajada enferma, incómoda. Tal vez, fue esa risa diabólica que nos devuelve el espejo cuando nos grita: «¿Era esto? ¿Era esto lo que querías?».
O tal vez no. Tal vez el que inventó el chiste de Marcelo tiene una vida normal y una familia hermosa.
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